Uno de dragones

El miedo atenaza su cuerpo. ¿Por qué aceptó el reto? Pues no sé. ¿Para demostrar su valentía y que los dragones no existían? Puede. No siente terror por encontrarse con un lagarto gigante capaz de volar y escupir fuego, lo que de verdad teme es que aquellas escaleras de caracol se derrumben y quede aplastada por los escombros de la ruinosa torre. Con cada pisada un crujido avisa de su cercana y más que posible muerte, pero continúa.
Pocos escalones quedan para terminar su ascenso cuando un bramido le pone la piel de gallina.
– No seas tonta. No dejes que el miedo te juegue una mala pasada. Las escaleras están bien. Solo es el viento –se trata de convencer.
Llega, echa un vistazo a la enorme sala, que no tiene nada de divertido, y se dirige a abrir la ventana y darle la señal a sus amigos de que lo ha conseguido cuando escucha de nuevo ese sonido.
– ¿Hola?
La puerta que tenía aspecto de no haberse movido en años se cierra.
– Mira que si esto es una broma me voy a enfadar mucho.
(Nota de autor: Ya utilicé este recurso antes, por lo que puedo asegurar que esta vez no son los capullos amigos de turno. Sigo:)
Nadie responde. Aunque bien visto, de ser una broma, supongo que tampoco habrían respondido, no hasta hacerla pasar un verdadero mal rato.
Intenta abrir la puerta, pero ésta parece pesar toneladas. También lo intenta con la ventana para pedir ayuda, nada. El móvil tampoco tiene cobertura, por mucho que cambia de postura y alza el brazo. Quizá si lo baja…
– De nada sirve perder los nervios. Rufu, Sisi y Antón se darán cuenta de que tardas demasiado y vendrán a rescatarte.
A alguien le parece demasiado gracioso y no puede evitar reír.
(No, no son los amigos, insisto.)
Mira a todas partes sin ver nada y no es que el lugar tenga muchos escondites.
– ¿Antón?
Puede escuchar una respiración que no es la suya, ya que es profunda y calmada. Y yo diría que está por encima de su cabeza. Pues no, mira y ahí no hay nada, ¿o sí?
Un repentino viento despeina su pelo y mueve todo el polvo que hay acumulado, haciendo que baile por la estancia, menos en un punto. Entre toses, no da crédito a lo que ven sus ojos. No quiere creerlo, pero la niña que todavía forma parte de ella y que soñaba con mundos mágicos está esperanzada. Se permite dudar. ¿Y si los dragones existen y son invisibles? Tendría sentido.
Antes de volver a creer en el Ratoncito Pérez, tiene que comprobarlo. Se levanta del suelo dudosa y se acerca al lugar donde se puede adivinar la silueta del dragón. Al rozar con su dedos la piel reseca, ésta recupera el color, verde, por cierto.
Mira a nuestra incrédula, ya no tan incrédula, con esos ojos amarillos y gatunos, mientras una sonrisa de dientes de tiburón se dibuja en su escamosa cara. Ella también sonríe.
(Está pirada.)
No sé si espera que el dragón hable, que podría pasar, ya que sonríe y ríe, sin embargo, no es el caso. Ya iba a ser demasiado fantasioso.
– Eres precioso –dice al fin.
El dragón pone cara de ya saberlo. No hablará, pero es muy expresivo.
– ¿Sabes qué sería increíble? –le pregunta–. Poder volar en tu lomo.
Primero ríe y después niega con la cabeza.
Vaya muermo de dragón.
– ¿Y qué es lo que quieres?
Ya sabemos que le gusta hablar sola.
El dragón alza las cejas.
(¿Cejas? Diré que son tres picos con aspecto de cuernos encima de los ojos.)
– ¿No creerás que soy una princesa a la que custodiar? –pregunta medio en broma, pero da justo en el clavo. Es muy perspicaz.
Aunque poder sentirse princesa y esperar que su caballero andante o las fuerzas del estado la rescataran podría ser una aventura, sabía que sería aburrido y no terminaría bien para el dragón, que seguro que creía que los humanos seguían defendiéndose con espadas, arcos y lanzas. Ojalá tuviera cobertura para enseñarle el final de Godzila.
Intenta persuadirlo. Entiende que en esa torre debe de sentirse muy solo, pero es obvio que ella no es de la realeza. Se señala la poca ropa que lleva para corroborarlo. Le habla de sus miedos, del mal aspecto de la estructura de su casa y de su inminente derrumbamiento, al que puede que él sobreviviría, pero ella no. Además le explica con tacto, que es probable que sea el último de su especie, que podría viajar en vez de luchar contra los que lo herirán, lo apresarán y lo estudiarán de una forma muy dolorosa hasta la muerte. Entonces lo diseccionarán y terminará expuesto en algún museo.
Cuando Antón, Rufu y Sisi llaman a la puerta el dragón pega un brinquito.
(Yo creo que le ha convencido.)
– Si abres esa puerta, te prometo que no le hablaré a nadie de ti.
Confia en ella, abre con la punta de sus alas y se queda muy quieto.
Antón, Rufu y Sisi la miran con cara de preocupación, a ella y no porque vean al dragón.
– Menudo susto nos has dado. ¿Qué hacías?
– Nada –dijo, echando una última mirada a su nuevo amigo–. Venga, vámonos.

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8 pensamientos en “Uno de dragones

  1. Mejor que no se entere lo que le hicieron a Godzila, dicen por ahí que la ignorancia es felicidad. Menos mal que lo convencieron, porque ya me imagino lo fea que sería la nueva moda; bolsas y zapatos de piel de dragón.

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