No se aceptan

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No me sorprendía que alguien se hubiera obsesionado conmigo. No era sorpresa lo que sentía. Al principio era divertido encontrar una rosa todos los días en mi buzón, pero a las dos semanas dejó de serlo. Ya había interrogado a todo el mundo y era seguro que el acosador no era alguien conocido. Eso me asustaba un poquito, porque, bueno, aunque algunos de los que conocía no estaban bien de la cabeza, eran controlables y casi inofensivos.
Dos semanas más y ya me estaba volviendo loca. Creo por culpa de no dormir demasiado. Empezaba a creer que en cualquier momento se colaría en mi casa, me secuestraría, me llevaría a un sótano y no me soltaría hasta que sufriera el síndrome de Estocolmo. Y era débil, ¿vale? Acabaría enamoradísima del pirado, que seguro que al tener mi amor, se hartaría y me mataría. Lo dicho, me estaba volviendo loca. Solo podía hacer una cosa, desenmascararlo, hacerle una foto y mandársela a mi madre para que la llevara a la policía en caso de que me pasara algo.
El hueco que había debajo de las escaleras se convirtió en mi hogar durante un fin de semana. La de cosas que me enteré. La vecina de arriba tenía un amante. No se lo tenía guardado ni na’. El del cuarto tenía un perro aunque no se permitían. Me caía bien. El matrimonio feliz, no era tan feliz. Ja. Cuento esto porque es lo único que descubrí. Aunque era imposible que me viera ahí escondida o que lo supiera, el acosador no apareció. En realidad lo hizo, mientras yo volvía a casa, al baño. Debí haber cogido un cubo, como pensé. Me entró un momento de rabia. Estrujé la maldita rosa, la pisé y salté sobre ella. Luego se me ocurrió una idea: ¿Y si le dejaba una nota?
Con rotulador permanente puse:
“No se aceptan rosas.”
Debí poner otra cosa, pero… tenía la mente nublada por la rabia. De algo sirvió. Al día siguiente no había una rosa. ¡Bien! Pues no. Esta vez había una caja de bombones y tenían tan buena pinta… Por supuesto no me los iba a comer. Podían estar envenenados o llevar rohipnol, o a saber qué. Se los di a una amiga. No se murió, ni la violé.
Añadí algo más con el rotulador.
“No se aceptan rosas, ni bombones”
Tenía que guardar la linea.
En cuanto pasó el día, bajé corriendo a ver si por fin se había rendido. ¿Una tarjeta? con un corazón bien grande, y, por supuesto, sin firmar. Casi prefería los bombones.
“No se aceptan flores, ni bombones, ni tarjetas.”
Bajé intrigada. Um. Eso ya me gustaba más. Tenía buen gusto por las joyas. Dejé que me regalara unos pendientes, una pulsera y dos collares, pero cuando llegó el anillo me di cuenta de que me estaba aprovechando. No, la verdad es que me preocupaba que fuera una propuesta con él.
“No se aceptan rosas, ni bombones, ni tarjetas, ni joyas, ni peluches, ni comida de ningún tipo, ni alcohol, ni ropa, incluida la lencería, ni electrodomésticos, ni…”
Se convirtió en un juego. ¿Hasta dónde llegaría? El día que bajé y no encontré nada. No sentí que hubiera ganado. ¿Y si le había pasado algo? Lo que decía, Síndrome de Estocolmo, y sin siquiera llegar a conocerlo. Fueron unos días raros. Estaba triste, pero no quería reconocerlo. Igual que no quise reconocer la alegría cuando me fijé que debajo de todo ese rechazo que yo había plasmado en los buzones de todos los vecinos, había una frase:
“¿Y qué es lo que quieres?”
¿Qué quería? Pues era difícil. Mis sueños querían que resultara ser el hombre perfecto (pero lo perfecto no existe), querían que apareciera en un corcel blanco y me llevara a su palacio. Lo que yo quería era verlo para quitarme esos horribles y empalagosos sueños.
“¿Quedamos mañana a las 11:00 en el bar de la esquina?”
Ni que decir tiene que ese día no pegué ojo. Mejor. Nada de sueños con tipos morenos sin nombre de cuerpo escultural. Por otro lado, cuando me miré al espejo no me pareció tan bueno. Así se desenamoraría seguro.
Bajé a las 10:30 al bar. Sí, a las 10:30 porque quería ver quién entraba por la puerta y tener tiempo para tomarme unas cuatro tilas, al menos. Tipo gordo a las 10:35, mujer más guapa que yo a las 10:37, dos obreros a las 10:40, 10:45 tipo que solo tenía ojos para el móvil, 10:47 tres mujeres que no paraban de reír, 10:49 un policía, 10:50 tío bueno. ¡Que sea ese!, pensé. Lo fue.

Y así, niños, es cómo conocí a vuestro padre.

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62 comentarios en “No se aceptan

  1. Lo sabía! Hay una henar, romantica! Aunque con máscara, muy grande. Incluso se ha hecho la dura, muy dura, incluso para aceptar, que la gente tiene detalles, por amor, amistad y desinterés. Pensando en un acosador.
    La verdad, esperaba otro final, me ha sorprendido, esperaba que en la última frases, le matasessssss.

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    • La máscara de Henar, podría ser un buen título para una novela…
      Nunca he negado mi lado romántico, solo que me siento más cómoda con el asesino. Lo malo que ahora me crees así, pero todavía puedo sorprenderte. Muajajaja.

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    • No me cabe duda. Me sorprendes cada dia.
      Es genial fantasear, y arrastrar la mente del lector, a mundos y situaciones tan dispares.
      Nos tienes rendidos a tus escritos
      Muuuuaaaaaaaa. No cambies.

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  2. “””No me gusta.
    ¿Se supone que esta historia tiene final feliz?
    Estoy más con los que opinan que debías haberlo matado.
    ¿Un cubo? … No haré comentarios!!!
    ¿Los bombones a la amiga?… Joooo esperaba que se los dieras al vecino del perro. “””

    Bueno, una vez escritas esas líneas para que al leerlas, tus cejas se enarquen y tu temperatura corporal aumente un para de grados…
    Una vez hecho eso… Te diré…
    Fantástico relato. Divertido…fresco y juvenil.
    Me ha encantado pensar que iba a pasar lo obvio y sorprenderme después con ese final.
    Enhorabuena Henar.
    Sigue sorprendiéndome y te mandare flores al buzón. ( bueno, no… Que tendría que robarlas de un jardín)
    Pd: no me digas que te habría sido indiferente si de verdad no me hubiera gustado tu historia, o me matas del disgusto. Claro que, con lo que te gusta matar…

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  3. Pingback: Pensando en la oscuridad | Historias tras tu DNI

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