Cara o cruz

ancient-currency-330460_1280Este año decidí cambiar de aires. Cambié el biquini y el descanso, por unas botas y muchas ampollas en los pies. Mi gente me dijo que sufría aquella crisis en la que tenía la necesidad de entrar en contacto con la naturaleza, de descubrirme. En otras palabras, las crisis de los cuarenta. Patrañas. Me había criado en el campo y quería volver a mis raíces, sentirme como me sentí antes de que la ciudad me corrompiera, y dejarme llevar como un espíritu libre.
¿Es lo mismo? Da igual.
Cargada con mi mochila, Sabrina, la más comprensiva de mis amigas, me dejó lo suficientemente lejos, no sin antes darme los típicos consejos.
– Si ves un oso, hazte la muerta.
Esperé no encontrarme con un oso.
– Ten siempre el móvil encendido.
Claro, y lo enchufaré a las piedras.
– El sol sale por el Este, recuerda.
Me echaré crema en el lado Este de mi cuerpo antes del mediodía, y en el Oeste después, de acuerdo.

La verdad es que logró acojonarme un poco. Ya me veía luchando contra un lobo, que no por intentar salvar mi vida, sino porque intentaría robarme la comida.
Descarté los malos pensamientos al impregnarme de mosquitos y de cardos de esos que se pegan a la ropa, y con el ambiente puro, naturalmente. Todo fue muy bonito, menos cuando por la noche empecé a oír ruidos. Me propuse dormir mejor por el día y caminar por la noche, aunque me perdiera el paisaje, aunque yo me perdiera, y continúe intentando andar en linea recta. No recordé qué me había dicho de situarme también por la Osa Mayor. ¿Y si lo que oía era un oso? Seguí caminando, mucho, hasta creo que sonámbula. No sé cómo pero al despertar esa mañana me encontraba en las ruinas de una ciudad o un pueblo antiguo. No sabría decir porque no quedaba gran cosa. Me pregunté qué habría pasado, a parte del tiempo. No pude darle muchas vueltas al tema porque una furgoneta, que también estaba sufriendo la crisis de los cuarenta, apareció resonando estruendosamente por el camino de tierra. Esperé que no fuese un secuestrador o narcotraficante y que no fuera simpático para no tener que comprobarlo. ¿Por qué no había cogido el espray pimienta? Para aumentar mi pánico se detuvo a mi lado y salió de la furgoneta. Era un hombre pintoresco, bueno, normal, simplemente de pueblo, con su sombrero de paja que ocultaba su calvicie, con la camiseta blanca sudada, bastante peludo, menos en la cabeza como ya he dicho, y con los pantalones sujetos con un cinturón allí donde terminaba su enorme barriga. Me saludo con algo así como un “¿T’as perdío?”
No quise salir corriendo. Me dolían los pies y además no notaba hostilidad, o estaba cansada para notarla. El instinto femenino dicen. No me equivoqué. Cuando se ofreció a llevarme al pueblo que había cerca, me llevó de verdad. Necesitaba una ducha urgente, casi tanto como él, y una cama. Más lo segundo, pero no creo que me dejaran una cama estando tan asquerosa.
Resultó ser un pueblo pequeño, parecido al que fue mi primer hogar, con casas bajas, unidas en hileras no muy rectas, la mayoría construidas en la primera mitad del siglo pasado, aunque algún chalet también había, y con piscina. Yo quería.
Aquel hombre, Robustiano con un nombre que le iba que ni pintado, quiso invitarme a comer a su casa, a conocer a su mujer. He de reconocer que malpensé, pero aunque no me hubiera imaginado la escena en la que me sirven de comida, no hubiera aceptado. Le dije que me dejaran en algún sitio donde pudiera hospedarme. Me llevó al bar, que supuestamente era un hostal y me dejó allí, sola, ante el peligro. Sentí más o menos el mismo miedo que cuando estaba en el bosque. Qué narices, lo reconozco, más. Todos los ojos se clavaron en mí. Luego quise tranquilizarme pensando que era porque no veían a mucha gente nueva y que no tenían intenciones de torturarme con una hoz, solo interés por cotillear. De nuevo el instinto femenino acertó. El joven de detrás de la barra, muy amable, me preguntó qué deseaba y me acompañó hasta la habitación. Nunca me habían tratado tan bien.
Las siguientes dieciocho horas las pasé en la cama, sin intención. Es lo que tiene no poner un despertador. Me desperté hambrienta y decidí bajar a desayunar, parece ser que a la hora más concurrida, pero como estaba de buen humor, porque me dolía mucho menos el cuerpo, no me importó. En seguida me estaba dando conversación un pastor, no un cura, que no estaba para charlas existenciales, no, era de los que tienen ciento cuarenta y tres ovejas. Lo recuerdo porque me lo repitió muchas veces. Estaba orgulloso de ellas, de su Matilda que estaba a punto de parir y de la Marilyn que daba la mejor leche. Me acordé de las ruinas y prengunté para cambiar de tema.
Muchas viejas y gastadas lenguas quisieron relatarme lo acontecido, mientras invadían mi espacio vital. La historia había sido traspasada de generación en generación y por la forma de hablar se veía que creían en ella, contagiándome de su espíritu fantasioso.
Hace muchos, muchos, muchísimos años el lugar donde me encontraba ese día era una aldea, bonita, acogedora, vamos, la caña de España para no tener electricidad ni demasiados suministros. No los necesitaban. Para eso tenían a un paso de burro la ciudad, una ciudad con magia y nunca mejor dicho. Un brujo, algo tonto y ambicioso, gobernante de aquel sitio, quiso hacer felices a sus súbditos ofreciéndoles lo que más quisiesen, pero lo único que consiguió es que se matasen entre ellos. Antes de morir a manos de su mano derecha, es decir, de su aprendiz, escondió el artefacto entre las cenizas del lugar que tanto había amado, esperando que algún día lo encontrase alguien y digno del poder fuese.
“Esa soy yo”, pensé, aunque todo sonaba a soberana estupidez, pero… ¿y si no lo era?
Después de unas cervezas y dejar convencerme para jugar un mus, pagué la habitación, las cañas no, que me invitaron, y partí. Esta vez caminé por placer, nerviosa y dispuesta a excavar como no lo había hecho en mi vida. Seguro que no era más que un cuento que contaban los padres a los hijos y aunque no lo fuese, muchos lo habrían intentado, pero de ilusiones se vive.
“De ilusiones se vive”, ja. Comprobé cuan incierta era esta frase. Al tercer día, cuando no me quedaba agua y barritas energéticas lo pasé mal. Y la tierra, que se introducía hasta donde no voy a escribir, tampoco ayudó. Estuve a punto de comerme una lagartija, pero se me escapó.
De no dormir empecé a ver osos en la oscuridad y algo brillante en el suelo. Era consciente de mi pérdida de razón. Pero algo me obligaba a mirar aquello, que parecía demasiado real. Me arrastré por el suelo para llegar hasta ello. Era una moneda aparentemente de oro. No cumpliría todos mis deseos, pero al menos no volvería a casa sin llevarme un recuerdo.
– Ahora mismo te cambiaría por un bocadillo de jamón serrano con tomate –le dije a la moneda, que me sonrió, cosa de las alucinaciones. Sin embargo, en mi regazo apareció lo más sabroso que había probado hasta ese momento. Me creí que estaba comiendo tierra, pero sabía bien. Y me hizo sentir bien.
– ¡Ay, ay, ay, que lo he encontrado! –exclamé al ver que no vomitaba–. Quiero volver a tener veinticinco años.
Y ¡ta-chan! No pude verlo, pero sentí a las patas de gallo huyendo por patas de mi cara.
No voy a negarlo, desde ese día algún capricho me he dado, pero merecido. Ahora que poseo todo cuanto deseo he pensando en darle la moneda a algún gobernante honrado de algún país, ya que está claro que España queda descartada. Luego deshecho esos pensamientos porque la sabiduría que la moneda me ha ofrecido me permite ver que solo joderían más el mundo, aun queriendo arreglarlo, y para eso mejor lo hago yo. He intentando pedir la paz y que se acabara el hambre y las enfermedades, no obstante, creo que no cumple deseos imposibles. Lo haré poco a poco, que para algo tengo la eternidad.

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25 pensamientos en “Cara o cruz

  1. Ya me dirás el camino que recorriste, donde hay una, suele haber más.
    Y mis patas de gallo , se van pareciendo ya a las de gallina.

    O más práctico! Es mejor que la lámpara de Aladin, que solo podias pedir tres deseos.
    Me la prestas un par de dias, o de semanas?. Prometo devolverla….

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    • Por experiencia te diría que adelante, que si tienes fe en la moneda ella te encontrará, claro que solo si eres digno, que seguro que sí. Pero siendo realistas te diré que no lo intentes, porque antes de morirte de hambre, seguro que pecas comiéndote alguna seta venenosa.

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  2. Según empecé a leer me teletransporté a algún lugar perdido dentro del Camino de Santiago. Pasé toda la lectura, hasta el final creyendo estar allí.
    ¡Que suerte la tuya!
    Muchos necesitaríamos los favores de esa moneda 😁😁.

    Genial lectura.

    Le gusta a 1 persona

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