Motel Numen

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Efraín considera que es el momento de detenerse y lo hace en el primer aparcamiento que encuentra. Ya es hora de que lo haga si no quiere tener un accidente. No quiere darle un disgusto a su madre, que ya bastante preocupada está al no saber dónde se encuentra exactamente su hijo. Y es que Efraín decidió salir a buscar la inspiración que un día tuvo, ese fluir de palabras que se amontonaban en su mente, pero que fueron acallándose. Los paisajes decidieron guardarse el habla durante el tiempo y recorrido sin rumbo que lleva a sus espaldas, a su resentida espalda. No es bueno dormir en el coche, por muchas almohadas que le obligara a llevar su madre. Por eso, quizás no le importa hacerlo en aquel motel de carretera destartalado que tiene en frente y al que se dirige cojeando, esperando recuperar la movilidad de las piernas.
El “recepcionista”, un hombre de camiseta “blanca” manchada de grasa, que está en los huesos y conserva la mitad de la dentadura, le saluda:
– Son quince euros la noche.
Efraín ignora la falta de educación y saca de su cartera un billete de veinte. El mecánico-recepcionista-borde le entrega la llave, le devuelve los cinco euros en monedas de cincuenta céntimos y masculla el número de la habitación de una forma inteligible.
¿Ha dicho la tres o las trece? No se molesta en preguntarlo. El flaco ya se ha dado la vuelta y mira un programa de cotilleo en una televisión tan llena de grasa como él. Decide probar primero con una, y luego con la otra. No cree que mucha más gente tenga el valor de dormir ahí. Se equivoca. Al intentar girar la llave en la habitación tres, la puerta se abre y un tipo de casi dos metros lo mira con cara de enfado, o así le parece.
– Lo siento. Me he equivocado –dice Efraín intentando que no lo considere un ladrón.
El gigante lo mira dudoso.
– ¿Estás borracho? –pregunta mirándolo de arriba a abajo.
– No, señor.
¿No, señor? ¿Qué pasa, Efraín, has vuelto a la mili?
– ¿Quieres estarlo? –vuelve a preguntar el teniente.
Efraín echa de menos sumirse en una buena cogorza, pero no tiene intención de coger una enfermedad por tomarse algo en aquel lugar, si es que tiene bar. Además, no sabe si es una trampa del fornido hombre para emborracharlo y luego…
– No sé si es una invitación, de serlo, lo siento, estoy cansado y me gustaría dormir para mañana salir pronto.
– Venga, hombre, quédate un rato. Tengo una botella de vodka y no la puedo acabar solo.
Porque no quiera, piensa Efraín. Pero la verdad es que le está apeteciendo prestarle ayuda. Hace tanto que no habla con alguien que no sea su madre, que hasta un presunto violador puede ser una buena compañía, y más si tiene vodka, su bebida alcohólica favorita.
Yuri, después de la presentación y el fuerte apretón de manos, coge una de las sillas de plástico desgastadas por el sol que custodian todas las habitaciones, y la coloca al lado de la suya. Allí, contemplan el cielo estrellado como dos machotes, pasándose la botella, bebiendo a morro y sin decir una sola palabra, hasta que el menos o más hombre habla:
– ¿De dónde eres? No pareces de la zona.
– ¿Tanto se nota? Soy forastero. Vengo de allí. –Señala al cielo–. Allí, donde las tortugas vuelan. A veces creo que aquí no lo hacen porque para qué volar, si tienen agua. En mi planeta no hay de eso, ¿sabes? Allí todo es solido. No hay nubes, ni aire. Me encanta cómo huele la humedad. ¿Tú la hueles? Esta noche se avecina tormenta.
Efraín vuelve a mirar el cielo despejado.
– Creo que ya has bebido demasiado –declara con intención de quedarse con el resto de la botella.
– Nadie me cree y tú tampoco. Y me seguirás sin creer aunque te diga que no poseo la capacidad de mentir. Las mentiras es una de esas cosas que me fascinan de vosotros. Embusteros desde la infancia. ¿Os dan lecciones en el colegio? ¿Tú podrías enseñarme?
» No me mires como si estuviera loco, Efraín. Nunca has conocido a nadie tan cuerdo. Mi mente está más desarrollada que la tuya. Soy mejor persona o ¿sería mejor extraterrestre? Soy lo que seréis, espero, algún día, dentro de bastantes millones de años, si no os cargáis el planeta antes.
» Me has caído bien, ¿sabes? Si la Tierra se va al carajo y puedo salir de aquí, te prometo llevarte conmigo, pero antes debo avisarte de algunas pequeñeces, como lo de las tortugas. Por ejemplo, allí todos van sin ropa. No nos hace falta porque nunca hace frío. Todavía recuerdo cuando se me puso la piel de gallina por primera vez. Fue un susto. Mira, ahora se te está poniendo a ti.
» Nos parecemos bastante, ¿no crees? Exceptuando tu falta de inteligencia, tus malos sentimientos y mi ausencia de pulmones, casi podríamos parecer hermanos. Viéndote bien, te pareces bastante a mi hermano el decimocuarto. Lo echo de menos. Extraño a mi familia. No puedo tenerles en cuenta que me exiliaran a este mundo. Después de todo soy alcohólico. La bebida de allí es distinta… Sabe peor.
Durante horas, hasta que llega la tormenta, Efraín escucha lo que pueden ser los delirios de un borracho, un loco o, tal vez, y solo por una muy pequeña probabilidad, la realidad de un ser desterrado de su mundo por tener un solo defecto. La verdad es que es lo que menos le importa. Después de tanto tiempo se imagina una historia, ésta.

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28 pensamientos en “Motel Numen

  1. El viaje de Efran, escapando de su realidad, su insatisfacción.
    Fue un viaje real, o un viaje por su interior, donde él mismo, hizo su reflexión? .

    Por muchos KM que recorras, por mucho que te alejes, la “maleta” te acompaña.

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    • Ahí está de nuevo tu lado pesimista, pero ¿qué pasa? Yo voto por abandonar la maleta en una gasolinera y que te persiga si quiere. Se puede ser más rápido.
      La duda no te la voy a resolver.

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  2. Esto no va de coña. Aprovechando el relato de henar.
    Algun@ sabeis de alguna pension muy cerca de atocha ( Madrid)solo para dormir? Eso ssí económica y que no sea como la que Henar describe?

    Le gusta a 1 persona

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