Bajo nuestros pies

La mayoría conocemos la leyenda de los mutantes en las alcantarillas, los que conviven con los caimanes, pero nadie o nadie que conozca tuvo el valor de bajar y llevarles una cesta regalo como buenos vecinos de arriba. Mis amigos, un poco frikis todos ellos y nada escrupulosos, pensaron que debían ser los primeros y que podía ser una excursión divertida, de las que se recuerdan toda la vida. Como la responsable del grupo decidí ahorrarme esa experiencia, las infecciones y las posteriores vacunas, y acompañarlos en espíritu, o lo que viene siendo por videollamada. Ricardo se ofreció a llevarme en una mano. No había nada que Ricardo no hiciera por mí con la esperanza de conquistarme, pero es que no era mi tipo, demasiado bueno, demasiado simpático, demasiado cariñoso y un poco feo, siendo sincera, pero como amigo genial, ¿eh?, que yo lo quería mucho.
Así empezó el viaje, siendo más divertido para mí que para ellos. Nada más colarse por una arqueta surgieron las caras de asco, las arcadas y mis apuestas a ver quién era el primero que echaba la raba. No fue Ricardo. Él se mantenía como un hombre hecho y derecho. Tenía que impresionarme. Le pedí que no apuntara al suelo, porque por mucho que me repitiera a mí misma que era barro, no me lo creía. Así también yo pude impresionar.
– ¿Qué ha sido eso? ¿Lo habéis oído? –bromeaba con Ricardo para asustar a todos. Las cinco primeras veces tuvo gracia.
Aparte de las ratas del tamaño de perros y las arañas, no parecía que hubiera signo de vida mutante. Mucha mierda, sí, pero nada digno de mención. Ya me estaba aburriendo de ver la cara de Ricardo y su sonrisa bobalicona cuando me pareció ver algo detrás de él, a unos pocos metros. La calidad de la cámara no era muy buena. Además que si les decía algo, después de mis bromitas, no iban a creerme. Seguí mirando lo que fuera aquello. ¿Era una persona? Ojos tenía, rojos y brillantes.
– Ricardo, haz el favor de girarte.
Después de mi petición mi portador me soltó. No pude ver nada, solo escuché gritos y después silencio. La llamada se cortó. Probé a llamar a los otros, pero nadie me contestaba. Si me estaban gastando una broma, no tenía gracia.
Esperé unas horas antes de llamar a la policía y contarles lo que había sucedido.
Siete jóvenes desaparecen en las alcantarillas, decían todos los titulares. La policía abandona la búsqueda de los siete desaparecidos, rezaban un mes después. Su hipótesis era que se debían haber acercado a una desembocadura y la corriente los arrastró. Lo que dije del tipo con los ojos rojos nadie lo creyó. Solo era una pobre chica traumatizada después de haber perdido a sus amigos.
Me negué a ir a su entierro. No podía despedirme de ellos sin saber qué era lo que les había ocurrido. Me calcé unas botas de agua, unos guantes, una mascarilla, marqué el 112 en el móvil mientras usaba el flash como linterna y bajé por el mismo lugar que habían hecho ellos. Seguí la ruta que creí que era la correcta, la que le dije a la policía y la que supuestamente habían tomado todos los días.
El corazón estaba cerca de salírseme del pecho a cada pensamiento de que acabaría con la rabia si una de las ratas me mordía. Prefería pensar en eso que en lo que pasaría si llegaba a encontrarme los cuerpos sin vida o peor, al asesino. Los ruidos no ayudaban. A cada metro que recorría me quedaba quieta, intentando identificar de qué se trataba. Los coches y las tuberías, no es nada más, me decía. ¿Y esos pasos? También, seguro. No, no me lo creí por muchas ganas que tenía. Me escondí en una esquina, ya preparada para dar a la tecla de llamar.
– ¿Ricardo?
No era Ricardo. Ricardo no me golpearía con una piedra en la cabeza.
Cuando desperté pensé que estaba muerta y en el infierno, pero mis amigos estaban conmigo, así que tampoco era tan malo, supuse.
– ¿Sabéis que siempre creí que los diablos eran rojos?
Se rieron de mí por todo lo alto.
– ¿Diablos? –dijo el único al que no conocía–. No, cielo, somos mutantes y estamos muy contentos de que te hayas unido a nosotros.
Una cosa así no es fácil de aceptar y pasar la transición no es agradable. Ver como tu piel cada día se vuelve más verde y te aleja de todo lo que fuiste y nunca más volverás a ser, es complicado de superar. Ricardo me ayudó mucho, la verdad, y aprendí a verle con otros ojos rojos. A día de hoy estamos juntos.

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72 comentarios en “Bajo nuestros pies

  1. Viaje al centro de la tierra?.
    Lo que se hace por los amigos eh? . No quisiste acompañarlos, y luego vas sola en su busca. Eso es amistad. ……
    Lo que no sabia yo, es que en el infierno, incluso en las cloacas, hubiera cobertura.
    Si yo cuando voy a algunos sitios , tengo que subirme a una roca, mover el teléfono y me cuesta coger cobertura.

    No hay mal ,que por bien no venga. Y es que el amor surge, en los sitios menos pensados! !!!!

    Le gusta a 1 persona

    • Perdón por meterme pero no puedo evitarlo.
      Henar no escribe historias de terror. Estás muy confundido, hermanito.
      Las ideas no se sacan de ninguna parte, te aparecen o no. Intenta en comic-con

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