Fin del camino

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¿Cómo has llegado hasta ese callejón? ¿Te pasaste con la bebida? A saber. Contemplas todo para orientarte y la ves. Miras con curiosidad la pistola que descansa en el suelo, pero no la tocas, no vayas a dejar huellas que te puedan incriminar. A no ser que ya estén. ¿Has matado a alguien? ¿De quién es esa sangre? Estás dispuesto a resolver el caso o quizás sea solo el morbo el que te incita a seguir el reguero, como si fuera un camino de baldosas amarillas, rojas en este caso. Te lleva hasta un hotelucho abandonado. ¿Entras? Por supuesto. Eres valiente. Nadie puede decir lo contrario. La mujer que descansa en la habitación 69 podría corroborarlo de estar… despierta. Qué alivio. No está muerta, solo duerme bajo los efectos de lo que llevara esa jeringuilla que cuelga de su brazo. Piensas si despertarla y preguntarle si ha visto algo, pero te percatas de que el rastro continúa, bordea la cama y sale por la ventana. No necesitas a una yonqui. Saltas y prosigues tu caminata. Te lleva hasta un casino, del que salen tres tipos con pasamontañas.
– ¿Por qué lo has matado? –escuchas preguntar a uno de ellos, desde tu posición tras un coche.
– El croupier estaba jugando con nosotros y ya sabes que no lo soporto.
Asesinos son, pero ¿son a los que estás buscando? ¿Y si le dejas a la policía que se encargue de esto y te largas? Corres, no como cobarde, como persona que no quiere responder cientos de preguntas a los de las sirenas que se acercan. De ellos logras huir, pero no de las gotas carmesís. La tragedia te persigue. Justo delante de ti ves a un chaval en una azotea y segundos después en el suelo. ¿Llamas a emergencias o sigues escapando? Una señora con perro te anima a que hagas lo segundo. Ya se encargará ella. Tú no has visto nada, no, no, nada de nada más allá del escarlata que pisan tus botas y te conducen hasta un parque del que se escuchan alaridos, quejidos y por favores, que bien taladran tu mente. ¿Es el chico que se hartó de vivir? Desde tu posición apartada no podrías asegurarlo, con la anterior imagen de huesos machacados tampoco, más de lo mismo por la oscuridad. Será su hermano, piensas. Esa familia está maldita. Tres jóvenes bandidos lo zarandean, lo tiran al suelo y le dan patadas entre risas, de igual forma de la que se largan. El apaleado también se va, pero no riendo, sí llorando, sí maldiciendo y cojeando.
Quieres volver a casa, que ya has visto suficiente, pero de vuelta te acompañan las migas de pan ensangrentado. Las luces del salón están dadas. ¿Ladrones? Te acercas receloso a la ventana. Un orondo hombre ve la televisión desde tu sofá, tan tranquilo, hasta que un chiquillo se acerca a él con una cerveza.
– ¿Y la cena? ¿Dónde cojones está mi cena?
– Está haciéndose, padre.
Por momentos todo empeora. El chico se arrincona en una esquina, mientras él se arremanga la camisa. Los gritos e insultos deberían alertar a los vecinos, pero excepto ellos, todo está en absoluto silencio, incluso tú, que ni siquiera respiras ante tal brutalidad.
– Malnacido, te voy a matar como tú hiciste con tu madre.
Esa frase hace que el crío amoratado entre en un estado de ira desbocada. Agarra el jarrón de la mesita auxiliar y lo rompe en la cabeza de su padre, que queda inconsciente en el suelo. Eso no es suficiente. Tiene que pagar todas las vejaciones. Tiene que matarlo con sus propias manos, a puñetazos hasta desfigurarlo. ¿Justicia? No sabes. No quieres pensarlo. No quieres entrar y sigues andando por el arcén de la carretera.
Un coche a alta velocidad casi te embiste. Puedes esquivarlo y mirar en el interior, para ver a una hermosa mujer hablando por teléfono. Hay algo en ella… ¿Qué es? Ya no importa. A doscientos metros se sale de la carretera y cae por un barranco. Es ahí cuando piensas que la muerte te persigue o que te has vuelto loco. Sí, lo segundo es más probable. No hay nadie que pierda tantos fluidos y siga caminando. Todo tiene que haber sido producto de una conmoción cerebral.
Decides ir al hospital, intentando no hacer caso a la alucinación que hay en la gravilla y luego en las blancas baldosas de la sala de urgencias. Si fuera real, alguien ya lo habría limpiado. Nadie dejaría que se internara en los pasillos y llegara hasta maternidad, hasta la habitación donde la mujer del accidente está dando a luz. Te está dando a luz. Está dando un final a tu locura. Sonríes al entenderlo. Ya no derramarás más sangre. Te sientes en paz.

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208 pensamientos en “Fin del camino

  1. He de reconocer que me ha costado cogerle el sentido al relato, he tenido que releerlo, algo que es lógico por que es lo que pretendes. 😉
    No hubiera sido mejor renacer de las cenizas como el ave fénix y no de una pesadilla?

    Le gusta a 2 personas

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