La prima Vera la sangre altera

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Mi madre corría por la casa de un lado a otro, preparando la llegada de la invitada.
– ¿Crees que le seguirán gustando los macarrones? Tenía que haber cocinado algo más elaborado, ¿no? Pero, ¡no me daba tiempo! Ya haré algo rico para la cena. Oye, ¿has bajado el colchón?
– Sí, y ya he hecho la cama.
– A ver.
Claro, tenía que comprobarlo y por supuesto sacar fallos. Por suerte el timbre sonó y me obligó a abrir y darle una buena recibida, en lo que ella arreglaba el desastre. El “bienvenida” se me atragantó en la garganta.
– Primooooo… –dijo antes de abalanzarse y estrujarme entre sus brazos.
– ¿Vera?
– ¿No me reconoces? Bueno, he crecido como treinta centímetros desde la última vez.
Si solo hubiera aumentado su estatura… Intenté dejar de mirar sus pechos.

– Estás…
– ¿Muy mayor?
No era la descripción que iba a utilizar, pero asentí.
– Pasa. Tu tía está deseando verte.
Cogí sus maletas como hombre caballeroso que soy y la guié hasta la habitación.
– Esta no es mi sobrina –dijo mi madre y creí que iba en serio–. ¿Dónde has dejado las coletas? Madre mía. ¿Has visto, Juan? Se ha convertido en toda una mujer.
Lo había visto, sí. Me llamaba poderosamente la atención cómo era posible que la niña regordeta, de pelo alborotado, que acostumbraba a bañarse en barro, que se sacaba los mocos y me los pegaba en la camisa, se hubiera convertido en semejante diosa. Busqué el parecido en mi mente y lo único que conservaba era su inocente mirada, quizás ensayada.
– Te dejamos para que te pongas cómoda. Tú haz como si estuvieras en tu casa. Te esperamos para comer.
No tardó en salir y ¡buf!, cómo salió. Vale que hacía calor, más en ese momento, pero…
«Mamá, dile algo, que va enseñando su flor, casi», quería chillar.
Así no había quien comiera, no lo que viene siendo comida. Me estaba entrando un hambre voraz de carne, la suave carne que se transparentaba tras su ¿vestido? Camiseta, más bien. Tragué saliva. Tragué pasta. Esperé que me tragara la tierra cuando se acercó y me limpió las comisuras de los labios con su servilleta. ¿Me estaba provocando? No lo podía asegurar. Tal vez solo era cariñosa, como también lo era con la tita. No importaba, yo tenía que salir de allí y quizá masturbarme para liberar algo de tensión.
– ¿Vemos una película? –preguntó.
¿Porno? No lo dije. No quería llevarme un ostión por parte de mi madre.
– Yo me voy a mi cuarto. Creo que me echaré una siesta.
No, iba a ver porno.
– Quédate. Te he echado de menos, primito, y quiero pasar tiempo contigo.
La mirada de la señora de la casa me aseguró que si no me quedaba, el ostión de antes me lo iba a llevar de todos modos, así que qué remedio. No iba mal la cosa. Al estar mirando la pantalla, pude dejar de pensar en sus pezones. Al tener a mi madre entre nosotros, ya no era necesario ocultar la erección bajo uno de los floridos cojines. Todo genial, hasta que el guardián decidió que las escenas eran demasiado violentas.
– Ay, ay, ay… Qué asco. ¿Os gustan estas cosas? Por el amor hermoso. ¿Hacían falta los diez disparos? ¡Si con el primero ya estaba muerto! Me voy, me voy, que no quiero tener pesadillas… Pero vosotros quedaos, ¿eh? Traumatizaos solitos.
– Ponemos otra cosa, si quieres –dije entrando ya en estado de pánico.
– Pero yo quiero ver esta película. Llevo esperando para verla ya ni me acuerdo.
Dichosa niña.
– Podemos verla otro día –le argumenté a la desesperada.
– No, vedla ahora, aprovechad que me voy a dormir un rato.
¿Era una excusa como la mía para decir que iba a masturbarse? Con ese pensamiento logré que cualquier atisbo de excitación desapareciera, al menos por un rato, el que tardó Vera en preguntarme si me importaba que pusiera la cabeza en mis piernas para tumbarse.
– Me importa.
Se tomó como broma mi respuesta. No lo era. Debí decirle el motivo: «no quiero que te acabes clavando mi polla en la nuca y que luego me llames degenerado». Actué mejor. Me levanté diciendo que iba al baño. Me encerré en él, y antes de que mis manos me tocaran, me repugné de mí mismo. No iba a cascármela pensando en mi prima. Internet. Cualquier desconocida abriéndose de piernas para un tío al que no tengo intención de mirar la cara. Así sí.
– Estás tardando mucho, Juaniyo. ¿Qué haces?
– Estoy cagando. ¿Te importa?
Un poquito de intimidad, por favor.
Intenté terminar, pero de pensar que podía seguir tras la puerta fue imposible. Volví crispado al salón, cogí las llaves del coche, sin importarme la que me iba a caer por dejar a la querida sobrinita sola.
– ¿A dónde vas? ¿Puedo ir contigo?
– Así no.
– ¿Qué le pasa a mi ropa?
– Voy a la iglesia y…
Soy malísimo improvisando.
– ¿A qué?
A rezar por mi depravada alma.
– Me has pillado. Mira, estás muy buena y no quiero escucharlo de la boca de mis amigos.
Como excusa era mucho mejor, más creíble.
– ¿Estoy muy buena?
Tenía que quedarse con eso, la odiosa.
– Mejor me voy solo.
– No, espera, no tardo nada en cambiarme.
Pensé en aprovechar y largarme. Ser caballeroso al final iba a ser un defecto.
– ¿Esto te parece decente?
Quise preguntar si era lo menos provocativo que llevaba en las maletas, pero me interrumpió la idea del contrario. «Tanga diminuto de la prima, caca», me reprendí.
– ¿Te acuerdas cuando íbamos a cazar bichos? –preguntó mientras contemplaba al mosquito que se había colado por la ventanilla.
– ¿Y luego te los comías? Sí.
Se rió.
– No me los comía.
– Sí.
– Un par de veces solo y porque tú me retabas.
En el pasado estábamos bastante unidos a pesar de la diferencia de edad. Nos divertíamos mucho, lo tengo en mi memoria, pero ya solo como recuerdo. Cuando mis padres se divorciaron y nos fuimos de la ciudad, al no vernos se terminó convirtiendo en una desconocida. Me dije que esa era la razón por la que me atraía. Se había perdido la familiaridad. Tenía que volver a conectar con ella, y no me refiero a meter mi enchufe en su toma de corriente. Era la única forma que se me ocurría para resolver la ecuación. En realidad había otra: terapia de aversión, que quedó descartada porque implicaría darme un golpe en las pelotas con cada pensamiento incestuoso. Decidido, teníamos que restablecer los lazos de sangre.
Me interesé por ella. Error, porque dejé que hablara y su acento, el que yo ya había perdido, era terriblemente erótico, y lo que decía…
– Me he tomado un año sabático para disfrutar. Quiero sentirlo todo, probar, descubrir los placeres que me puede ofrecer el mundo…
Error, porque le di confianza para estrechar distancias. Que si cosquillas, que si abrazos, que si te doy un masaje que veo que estás muy rígido…
Fue el día más largo y duro, durísimo, de mi vida. No sé cómo voy aguantar así los tres meses que se va a quedar.

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187 pensamientos en “La prima Vera la sangre altera

  1. Vaya, qué recuerdos… (es que yo soy casi primo único – un primo y leer este relato tan evocador y divertido me ha hecho viajar al pasado sin Ministerio del Tiempo ni zarandajas similares)
    Un abrazo, Henar, cada día escribes mejor…

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  2. Impresionante, felicidades. Tu relato, aparte de buenísimo y divertidísimo, es altamente erótico. Pobre Juan frente a su prima Vera…Si lo entiendo, porque en mi mente también se han fabricado mil imágenes viéndola con su ropa medio transparente y su sensualidad desbocada. Saludos.

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    • “Implantar imágenes en el cerebro” suena un poco a rollo Matrix…es algo inquietante. Pero por otro lado, eso hacen la literatura, los relatos, el arte…Un placer venir a parar aquí y leerte. Otro aspecto curioso es que apostaría a que -por lo menos los varones- se han puesto en la piel del primo e imaginado qué hubieran hecho. Mmmm, ahí va el piropo: Tu relato pone, y mucho.

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    • ¿Quieres oír algo más inquietante? Tengo una pastilla roja y otra azul. Qué casualidad. Ahora elige. 😉
      Te diré algo que no sabrás por tus primeros pasos por aquí. Soy curiosa. ¿Qué hubieras hecho tú? Y si se atreve alguna mujer a responder, se acepta.
      Gracias.

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    • ¿Qué hubiera hecho yo? Pues muy fácil: Atacar, lanzarme, meterle mano por ejemplo. Y no es un farol. Claro que mi mente y carácter es uno y el del primo puede ser otro muy diferente, no sé cómo se sentiría hacia ella, su grado de vergüenza, reparos morales y más cuestiones. Y lo siento, ahora no recuerdo el color de la pastilla que escoge Neo, aunque escojo desenchufarme de la Matrix.

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  3. La prima Vera tenia un asunto pendiente con el colgante del primo y quería arreglarlo como fuera y el primo que es una persona muy cabal (un poco atontado diría yo) No quiere líos de familia (y nunca mejor dicho) Eso que dicen que la sangre tira mucho, pero este la tiene de horchata. 😉

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  4. En realidad, te voy a decir, viví una experiencia muy similar, tu relato me hizo recordarlo, de crecimiento sorprendente y hormonal de una chica, lo que pasa que con diferencias respecto a tu relato. Primero, que ya habíamos estado juntos, y segundo que no era mi prima. Por supuesto, fuimos pareja durante un tiempo. No te miento. Otra cosa, chica curiosa: Realmente no sabes (esto sí puede ser inquietante) si son mis primeros pasos por aquí. Quizá soy silencioso, quizá soy como un dron, un satélite espía, un águila o un halcón que vuela muy alto. Se aprende bastante de la gente simplemente leyendo, observando, manteniéndose callado y en la distancia. ¿No lo has pensado? Y a mí me gusta ser así, un poco cabrón y dando pocas concesiones.

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    • A ver si es que he sintonizado la antena de tu satélite espía y me ha llegado la señal de tu vida con interferencias. Nada. Desisto. No puedo superarte. Me quito el sombrero ante el rey de lo inquietante. No lo había pensado, la verdad, y me da algo de miedo pensar cuántos puede haber escondidos en la sombra acechándome, cual depredadores de las letras. Ya se me está pasando, preguntándome cómo es que te dio por mostrarte.

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  5. Hola otra vez. En este mundo de la blogosfera, uno se encuentra a otros usuarios, muchas veces repetidamente, comentando por ahí en las entradas de la gente, lo sabes perfectamente. Así que te conocía por haberte visto, blog del gran icástico por ejemplo…Después también solo he visto palabras de elogio y recomendaciones varias hacia tu blog, así que tanto talento merecía una visita y por eso llegué aquí, es fácil. De todas maneras, hablo en general, no siempre que leo cosas dejo comentarios, de ahí lo del silencio. Y la parte final de “ser un poco cabrón bla bla bla” no va por ti ni mucho menos. Quizá por otros personajes que andan por ahí, algunos van muy de sobraditos y de chulitos. ¿Ves? Confirmado, soy un cabronazo, pero sincero. Me caes bien.

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    • Rehola.
      Lo sé, sé que esto es un pueblo y al final todos nos acabamos cruzando, pero lo cierto es que yo no te había visto nunca, ni donde Icástico, aunque hace mucho que no paso por allí… El caso es que tu avatar no me sonaba. O quizás es que te camuflas bien o que sabes cómo no dejar pruebas. De cualquier forma me alegro de que esta ley de vida se cumpla, y que los “cabrones” nos acabemos juntando. Me alegro de haberte “conocido”.

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  6. Requete-hola. Ahora que lo dices, podría no ser en el blog de icástico que te ví -o también- lo seguro es que te he visto en varios blogs de algunas personas. Muy buenos esos entrecomillados que has puesto, me han hecho sonreír. Y no, en ningún sentido me voy camuflando. Saludos.

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