De todo hay en la viña del rock

Nos encontrábamos lejos. Nos perdimos en el coma de un sueño donde lo real parecía un cuento, un desvarío provocado por el humo, prendido por doscientos mil mecheros.

En la niebla, éramos meras siluetas, en linea, como recibimiento, a la espera de que la jauría se nos echara encima. Perros (de los) verdes ladraban a la libertad y nosotros aullábamos por la luna, codiciosos, ansiando que saliera para acampar en su cara oculta. No hubo que sacar los colmillos, ni afilar las zarpas. No hubo piel desgarrada.

La transformación llegaría al deshacernos del lastre, y acomodar nuestra tumba. Crecían las ganas. Menguaba la extenuación del viaje. Nos dejamos arrastrar por la marea de adictos al ruido. Lo aumentamos con gritos.

Era una vida distinta. Todos saltábamos al mismo compás, a un único ritmo. Éramos una colmena y los que estaban en el escenario se podría decir que eran nuestra abeja reina, sin gobernarnos, más bien enloqueciéndonos con su zumbido.

Vimos muchas locuras. Vimos como con cerveza se curaban las heridas, literalmente, y me pregunté a que sabría la cebada mezclada con sangre.

Observamos la pasión en los ojos rojos de la gente. Miramos y no contemplamos nada, pues los ropajes negros cubrían todo, hasta donde alcanzaba la vista. Oteamos la madrugada, hasta que el amanecer nos dejó ciegos.

Dormir en contacto con la naturaleza no es tan bello. El suelo dolía. El trinar de los pájaros desentonaba con el “chunda” de fondo. ¿Algún amable vecino que haya traído una escopeta? No despertamos a la ira. No nos lo permitían las sonrisas que se respiraban en el aire. Nos volvimos a poner en pie y nos arrastramos a por café para que nos diera alas.

Allí el tiempo volaba. Los que estábamos apresados en la burbuja no envejecíamos. Éramos niños con la única meta de pasarlo bien, vivir y sentir. Nos convertíamos en desconocidos amigos, quizá por el inevitable contacto físico. La segurata de la puerta después de meterme mano me dio su número.

Hubo manos siempre apuntando al cielo. Hubo frío en las noches prendidas, pero no hay nada mejor para entrar en calor que el rock. Hubo nubes preñadas de lluvia, ¿y qué? El barro nos sentaba bien. Hubo “Antonios” hasta en el calimocho. No hubo silencios, ni malos recuerdos, si acaso alguno fugado.

Fue duro quitarse el disfraz y volver al mundo que no se había movido, que no había dejado de girar.

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201 comentarios en “De todo hay en la viña del rock

  1. Dices, dilecta amiga —así me permito llamarte—, que desconoces el sabor de la cebada y la sangre. Yo sí lo conozco, al menos el de cereales y sangre: ¿No has probado la morcilla de arroz? Despierta tus ansias vampíricas con ese conglomerado de colesterol y fibra acompañado con algún brebaje alcohólico tradicional. Y pan. Es cierto que a mí me va más la de cebolla ¿será porque reuniendo el arroz, la cebada de la cerveza y el trigo del pan suma mucha fibra y poca sangre? ¿Será por el anuncio ese de «leche, cacao, avellaaanas yazúcar…» lo puedes cambiar por «sangre, cebolla yunpoquiiiito de tripa: Morcilla»?

    Quisiera extenderme aún más y relatarte una cebolleta anécdota de un concierto de Barón Rojo, unas gafas rotas dando botes de un codazo y una bicicleta sobre el escenario, pero como quiero hacerte dos regalos, no puedo.

    Primer regalo:

    Me iba siguiendo. Distinguía su melena encrespada y sus enormes gafas de pera doradas. Me había visto, pero lograba mantener dos o tres personas por medio. Trataba de tenerlo localizado en cada marea baja de aquella humanidad que botaba en bloque al son de los power chords. Veía a la guapa rubia subir y a aquel demonio cuando bajaba. Hasta que desapareció la rubia. Para acercárseme y cumplir con su encargo había hundido su navaja en cuatro o cinco cuerpos. «Eso es hacer trampa» pensé justo antes de probar de primer estómago el tacto de un puñado de acero.

    Segundo regalo:

    Terminaron los teloneros. Estábamos todos bien calentitos. Cayó la tela que separaba el grueso del escenario de los pocos metros cuadrados en los que habían estado cantando los introductores. Aparecieron fuegos artificiales a los lados, y se oyó un horrísono acorde disonante que nos hizo temblar y gritar de emoción. El bajo, cabecilla del grupo, hizo la entrada a la que nos tenía acostumbrados, e, incluso, más espectacular. Dio unos pasos al frente, cayendo de rodillas y resbalando hacia el frente, envuelto en unas tremendas volutas de humo y llamas naranjas. Después suspendieron el concierto para buscar otro bajista que no estuviese demasiado electrocutado.

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    • Puedes llamarme como quieras, mientras no me llames en plena madrugada. También puedes, pero te encontrarás con una Henar que no será tu amiga.
      ¿Cómo no voy a saber de morcilla siendo de Segovia? Te has olvidado de mencionar lo que repite. ¿Me habría sucedido lo mismo de haber lamido a aquella chica?
      Pedazo regalos, y eso que no es mi cumpleaños. A medida que los iba quitan el lazo y el papel, se me ponían los pelos de punta. Qué grande. ¿Se te han ocurrido así, en un momento? ¿Quieres que te envidie más? No creo que sea posible, ni aunque me cuentes la anécdota. Si aún tienes fuerza en los dedos, puedes comprobarlo.

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    • Se me ocurrieron conforme leía la entrada. Es que está tan bien escrita, es tan evocadora, que resultaba fácil. En cuanto a lo de dar lametones a una joven, me vas a disculpar, pero me abstengo de hacer comentarios, que ya sabes el hambre que me dan esas cosas —siempre podemos hablar con Valeria—, y lo de que tu amiga repita como la morcilla… psh, no sé, deberías haber probado. ¿No se enfadaría al acompañar el lametón con un bocado a un chusco de pan y un trago ansioso de cerveza?
      En cuanto a la anécdota, es larga, cebolleta y me atrevería a decir que poco interesante, incluso añadiéndole un clarinete atado al trasportín de la bici. Pero cualquier día que tenga las neuronas poco oreadas vomito la historia.
      Me alegro de que te hayan gustado los regalos.

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    • No era mi amiga. De serlo lo hubiera hecho. Ya sabes que donde hay confianza da asco. De haber sido Valeria, aunque no hay confianza aún, también me hubiera jugado la lengua.
      Respecto a tus microrrelatos, me gusta que me hagas partícipe, pero lo cierto es que lo has hecho tú solo, que habré utilizado 300 o 400 palabras y no he dicho nada. Tú, en un momento, has creado dos historias con unos finales de esos que me vuelven loca.
      Me la juego a que con la anécdota no me aburres.

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    • «Donde hay confianza da asco», jeje, yo creo que más asco le hubiese dado a esa desconocida por serlo —desconocida digo, póngase aquí un icono de ojos haciendo chiribitas, que yo no sé ponerlo—.
      En cuanto a los micros, me gusta que te gusten —ya sabes, «generoso literario»—, pero eso no quita que me encante tu forma de narrar, forma que es muy inspiradora. Mis humildes finales no están a tu altura; me encantan, en serio, esas maneras de acabar —y lo expreso así, porque muchos no son finales— tus relatos.

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    • ¿Sabes lo que pasa? Que cuando no te quieres alargar, ocurre que no te entiendo. ¿Dices que le hubiera dado asco recibir un lametón? Sería una historia que contar cuando alguien pregunte cómo nos conocimos.
      Hoy te veo como torpevagoyhumilde. Vale, y generoso, pero no lo añado para que no sea muy largo. Mi forma de narrar es simple. Mi vocabulario y conocimientos mediocres, y eso es lo que nos diferencia. Tú tienes herramientas para currártelo y yo soy una chapuzas, pero creo que por eso “nos gustamos”.

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  2. De todo esto saco alguna conclusión muy obvia 1ª Lo bueno abunda o sea los Antonios. 2ª El viña Rock no esta hecho para mi. 3ª Las acampadas son bonitas cuando duermes en un hotel de 3 estrellas como mínimo y 4ª y última por no extenderme más como experiencia religiosa debe de ser la hostia drogas, sexo y alcohol lo que toda reunión mística necesita para entrar en trance y no desentonar y si de fondo le ponemos el chunda chunda acabamos chungos chungos. 🙂
    PD Esto no me da envidia, bueno un poco quizás si pero solo un poco.

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    • Gracias por enumerarlo. Así me es mucho más fácil contestarte.
      1. Los padres deberían dejar de poner a sus hijos de nombre Antonio, que hay muchos y si se pierden, cuando los llamas, varios tienden a girarse.
      2. El Viña Rock estuvo hecho para ti en una de sus primeras ediciones.
      3. ¿Se pueden hacer acampadas en un hotel de tres estrellas? Ah, imagino que te llevas el saco de dormir para no tener que comprobar si están limpias las sábanas.
      4. Experiencia religiosa. Bueno, aquí se veneran varios dioses. Se acepta.
      P.D. Cuanto más envidies, mejor me caerás.

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  3. Ya ni recuerdas como te dejaste caer en tu saco, como llegaste a la tienda, ya ni sabes porque llevabas los vaqueros puestos, más los que si tienes presente es el sabor de la gente, de la música vibrando, de los cuerpos encendidos con un poco de rock a su lado

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  4. 15 días viviendo en la burbuja del éxtasis, crecimiento personal, premios, viajes….
    Vale, que la vida real sigue y los demás vamos y venimos vapuleados por la realidad.
    Me quedo con tu frase: Perros (de los) verdes ladraban a la libertad y nosotros aullábamos por la luna, .
    Me ha resultado muy original y sugerente .

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  5. Pingback: Me otorgaron premios. | Junior

  6. Qué fea la actitud… uno aquí muriendo de frío; encerrados con congestiones nasales… abrigados hasta la médula y sin perros ni rock ni gentíos. Y hay gente “por ahí” que se va de JODA y lo pasa muy mal. Qué feo, qué feo… (nada de envidia, eh?) 😉
    “Fue duro quitarse el disfraz y volver al mundo que no se había movido, que no había dejado de girar.” Ya ves… en ese mundo está uno y tú te vas de gira. ¿Firmas autógrafos? Guárdame uno… mándamelo en botella (“message in a bottle”) que seguro llega para mi primavera.
    Abrazo Infinitoooo

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  7. Pingback: Reto «El libro del escritor» 5 | Historias malditas, malditas historias

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