El peligro de observar cual voyeur

Se sabe que me gusta colaborar, porque es como pedir prestada la inspiración. En esta ocasión me he aprovechado del talento de Valeria. ¿No la conocéis? En su blog “Los Labios de Valeria” nos ofrece su vida incandescente a diario. ¿No habéis disfrutado de su libido? ¿Y a qué esperáis? Como si sus letras no desprendieran suficiente sensualidad y sexualidad, con ellas nos ofrece dos dibujos, que es lo que le pedí en este caso. Para mí creó la primera ilustración, la que ha engendrado este relato. No le voy a echar toda la culpa, que la que tiene la mente extraña soy yo, pero sí puedo estarle agradecida. El segundo y tercer dibujo fueron confeccionadas después de leerlo. Me dijo que le gustó, pero me juego el tipo a que no tanto como a mí su arte. Espero que al resto también os agrade. No os hago esperar más. Ahi y ya va.



El peligro de observar cual voyeur

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Cuando se han escrito un buen puñado de historias, las ideas tienden a repetirse, o peor, a esfumarse. Los antiguos métodos para invocar a las musas dejan de funcionar y no queda más remedio que salir a la calle a buscar algo especial entre lo rutinario de la vida. Es el motivo por el que me encuentro sentada en un banco desgastado del parque, contemplando a la gente. Tiene su morbo, sobre todo por los dos jóvenes que no han podido esperar a dar rienda suelta a sus ganas y han tomado como su paraíso el césped bajo la sombra de un roble. Es posible que ya haya encontrado a mis personajes.

Tomo el cuaderno, que descansaba a mi lado, y sin dejar de mirarlos, los describo con la pluma, o lo intento, porque cachonda no es fácil concentrarse. Ella es terriblemente guapa, con un pelo negro y rizado enmarcando la piel clara de su cara. Si Él se apartara un poco, quizás podría decir algo más, además de que me muero por probar sus labios. Los labios de Él tampoco están nada mal. Tampoco me importaría sentirlos por mi cuerpo, mientras mis uñas rasgan las cuerdas de su torneada espalda.

Las bocinas de varios coches me sacan del trance hipnótico en el que me habían sumido y me coloco el vestido, que se había subido al involuntario abrir de mis piernas. ¿Está empezando a hacer calor o soy yo? La mujer que pasea un chihuahua se abanica. Sigo su ejemplo con mis páginas en blanco, pero no ayuda. Podría ir a casa y darme una ducha fría, sin embargo, no quiero. No todos los días se contempla en primera fila la pasión que desprenden dos desinhibidos dioses. De aquí no me muevo. Ya me liberaré luego al recordarlo.

No pierdo detalle de las manos que recorren las pieles bajo la ropa, y la besan, y la muerden, y yo suspiro, quizás demasiado alto. Los ojos de Ella dejan de estar entornados y se encuentran con los míos. Tierra trágame para así poder apartar la vista. Cuando creo que me va a llamar mirona pervertida, como poco, y advertir a su chico, me sonríe. Deseo devolverle el gesto, pero lo único que puedo hacer es soltar el labio que mantenía atrapado entre mis dientes.

Con su dedo índice, que no corazón, me hace un gesto para que me acerque, sin que el que tiene entre sus brazos se percate. Está demasiado entretenido haciendo un reguero de lujuria desde su cuello hasta el escote.

Entre la respiración agitada que sale de la boca de Ella, leo un «ven», que bien podría ser un «que te den», y ambas cosas ahora mismo las codicio. No obstante, no puedo dar crédito. Mi cara tiene que ser poesía, porque ríe. ¿Me está vacilando? La respuesta parece ser no al susurrarle algo a su pareja. Él se gira para mirarme por unos eternos segundos e invitarme finalmente a su reunión íntima.

El corazón, con su rápido martilleo, amenaza con abrir un hueco en el pecho para escapar. ¿Escapo yo también? ¿Voy con ellos? ¿Me quedo aquí? La tercera opción es la mejor, porque no creo ser capaz de moverme.

Se levantan. ¿Vienen? Ay, madre.

– Hola, guapa –me saluda Ella al sentarse junto a mí.

– Hola –dice Él también al colocarse a mi otro lado.

Mi mente se cortocircuita. Miro al frente, mejor dicho al vacío, o a mi interior y a las imágenes que se fraguan en él, fantasías en las que me encuentro, como ahora, entre ellos, pero a mucha menos distancia. Me obligo a abandonarlas y reaccionar. Les devuelvo el saludo y me disculpo.

– No hay nada que perdonar –dice Él, no sé si para calmar mis nervios, pero funciona. Después pregunta–: ¿Te gusta mirar?

– ¿A quién no le gusta el erotismo en directo? A ver, que no es que vaya por ahí esperando encontrarme parejitas acarameladas. De hecho es la primera vez.

– ¿Y te ha excitado?

Es curiosa, la morena.

Asiento con sinceridad y me callo que lo sigo estando, y puede que incluso más.

– Estamos hospedados a dos manzanas de aquí. ¿Querrías acompañarnos?

¿Qué ha dicho? ¿Quieren que me vaya con ellos a un hotel? ¿A qué?

– Yo… Es que… No debería.

– ¿Por qué? ¿No quieres divertirte?

La suave mano de Ella se posa en mi pierna, en mi muslo, al ras de la tela. ¿Cómo voy a resistirme así, sin dejar de imaginar lo que pasaría si subiera unos pocos centímetros?

– Quiero divertirme –sentencio dejando que el deseo se haga con la razón.

Me levanto, se levantan y dejo que me guíen. Habían dicho que su hotel no estaba lejos, pero el camino se me hace terriblemente largo, a pesar de las vistas traseras que ofrecen.

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Mi corazón se desboca de nuevo, y al haber aprendido que romper las costillas es complicado, quiere salir por la boca. ¿No podían haber hecho un ascensor un poco mayor? Siento el aliento de Ella en mi nuca, en todas partes después del estremecimiento que me provoca. Aguanto la respiración y miro los números creciendo en la pantalla del lateral. 1, 2, 3, 4, 5… En el séptimo piso, las puertas se abren y puedo tomar aire, aire que no esté impregnado de sus exquisitos aromas. Todavía no quiero embriagarme.

– ¿Quieres tomar algo? –pregunta la dama tras abrir con la tarjeta y dejarme pasar.

Quiero beber de vosotros. ¡Hala! Parece que ya estoy borracha de ansia.

– No, estoy bien. Gracias –respondo silenciando mi anterior pensamiento–. ¿Podría usar el baño?

– Claro.

Delante del espejo contemplo el rubor de mis mejillas y me pregunto qué narices estoy haciendo. El reflejo me devuelve una sonrisa traviesa.

«Estás aquí porque quieres jugar. ¿Qué hay de malo en ello?»

«Hay…»

«Sssssh. Calla. Sal ahí. Creo que ya han empezado sin ti. ¿Quieres perdértelo?»

Giro el picaporte con lentitud, anticipándome a lo que me espera tras la madera. Él ya está desnudo y Ella arrodillada a sus pies, sosteniendo su polla y lamiéndola en toda su longitud.

– ¿Quieres probarla? –me pregunta–. Hay para ambas.

Esta vez no dudo en salvar distancias, pero antes me deshago del vestido. Dejo que caiga al suelo y descubro que no solo me gusta mirarlos, sino que también me observen en mi parcial desnudez. Mis pezones se enduceren al contacto de sus ojos, a cada paso.

Mi boca se encuentra al fin con la de varón. Nos besamos, no sin dejar de sentir las manos de Ella subiendo por mis piernas, que a su suavidad empiezan a aflojarse. Hace el mismo recorrido, pero esta vez de descenso, arrastrando a su paso mi tanga hasta los pies. Doy un paso hacia atrás para salir de él, separándome del ardiente beso, pero quiero más, también quiero conocer el sabor de Ella.

Bajo a su altura, y teniéndola tan cerca creo que voy a caer en el agujero negro de sus pupilas. Para que no ocurra o caigamos juntas, tomo su cintura y la atraigo. Noto sus pechos contra los míos. Noto su excitación en la lengua, y noto ese mismo sentimiento en la mirada cargada de vicio que Él nos dedica. No nos olvidamos de su presencia. Y recompensamos su paciencia. Compartimos su dureza, a cuatro manos y dos paladares. Le arrancamos rugidos a turnos.

Nos bañamos en saliva y otros néctares. Nadie queda sin catar. Nada que no sea pasto del antojo del placer de otro. Somos un concierto de gemidos a piernas abiertas. Y ya no sé quién se encuentra entre ellas. Tenía que ser la fémina. Tenían que ser sus dedos los que me roban la consciencia a gritos.

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Ella también chilla al recibir en su interior a su pareja de una sola estocada. La beso para dar un trago de sus jadeos. Lo beso y me propongo ayudarlo para que Ella termine de enloquecer. Desde esa posición, a cuatro patas, puedo alcanzar su empapado clítoris y lograr que vibre. Sus piernas tiemblan. El terremoto se acerca, con el tsunami que luego conlleva. Nos inunda con sus oleadas de gozo.

Todavía faltaba un último asalto para finalizar las carnales horas. Como si fuera a resistirme al ataque, Ella me sujeta las manos por encima de la cabeza. Él coloca mis piernas en sus hombros y con ese fácil acceso, me llena. Deseo tocarlo, quizás incluso clavar mis uñas en su torso, pero es imposible. Como si no estuviera deshaciéndome en calambres de placer, Ella los aumenta con la danza que se trae entre labios con mis pechos. La electricidad me recorre. Con diez cargas más, me desarma y explotamos.

Mientras nos recomponemos y recuperamos el resuello y la cordura, permanecemos tumbados en una maraña de cuerpos y sábanas. Se nota que ellos tienen mejor estado físico porque tardan menos en volver a su estado natural.

– Ha estado bien, ¿no?

¿Bien? ¿Solo bien? Ha sido algo indescriptible. Cuando intente escribirlo, mis palabras no lo harán justicia.

– Habrá que repetirlo –le responde y la besa con ternura en el hombro.

Lo repetimos, no ese día, que estaba agotada, pero sí los cuatro días que les quedan de vacaciones. No hacen mucho turismo, o si acaso, solo por las calles de mi carne.

Además de follar, también nos conocemos y reímos, y todo dentro de esas cuatro paredes, y el servicio, naturalmente. Voy a echar de menos la bañera, pero más les voy a extrañar a ellos.

En el aeropuerto nos despedimos entre abrazos, prometiendo que iré a visitarlos, y no demorándome en exceso.

En dos semana me tienen allí, en su isla de lascivia, con la excusa de la presentación de uno de mis libros. En un mes vuelvo porque quiero tomar el sol en sus playas, mentira pura y dura. Diez días después porque como yonqui necesito de mi adicción.

Por duodécima vez regreso al apartamento que alquilé para mis escapadas. Tantas noches llevo ansiando su recibimiento, que solo deseo encontrarlos en el sofá, incapaces de esperarme.

– ¿Vamos a jugar a escondite? –pregunto al no hallarlos.

Voy a la habitación y un grito se escapa de mi garganta. Él y Ella cuelgan de la viga del techo, desnudos, atados por los pies, con innumerables cortes por todo el cuerpo, goteando aún sangre encima de la cama ahora roja. Están muertos. Joder. Joder. Joder.

Escucho un ruido en el baño. No. Joder. El asesino sigue aquí. ¿Por qué no corro? ¿Por qué no cojo el cuchillo que aún sigue encima del calado colchón para defenderme? Estoy petrificada, y solo puedo apretar los dientes al lento abrir de la puerta.

– Hola, cariño.

– Tú… –acierto a decir únicamente.

Mi marido me sonríe de una forma que nunca había visto y que me aterroriza.

– ¡Sorpresa!

– ¿Has hecho tú esto?

– Sí. ¿Te gusta? Lo he hecho por ti.

– ¿Por mí? Pero ¿qué demonios…?

– ¿Creías que no estaba al tanto de tu historia con el par? Debía terminar, lo sabes, y se me ocurrió darle el final al que tienes acostumbrados a tus lectores.

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195 pensamientos en “El peligro de observar cual voyeur

  1. El peligro no es observar, es caer en la tentación y convertirla en adicción a la primera. Sobre todo si con ello se descuida a un marido al que le has contagiado las ansias de matar a todo quisqui. Y las imágenes de Valeria, una pasada. La primera me encanta. Se nota te sabes rodear bien, bonita.

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  2. Muchas gracias por pensar en mí para colaborar en tu relato y por las palabras que me dedicas!!! Aunque después casi me quites el puesto porque, madre mía, qué escenas más tórridas describiste…, pura lujuria y deseo…
    Un placer para tener la excusa de hablar un poquito contigo… Cuando quieras, repetimos!!!

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    • Mi musa malvada me estaba mirando con rencor desde la esquina donde la había castigado. He tenido que complacerla un poco para no tener que preocuparme de que matara a Valeria por haberla sustituido.
      Me alegro de que te haya gustado, que cuando enseñamos cosas nuevas, aparece la inseguridad. Muchas gracias.

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  3. XD , desde este momento rompo mi relación contigo. El papel notarial que lo corrobora acaba de convertiste en cenizas.
    Todo el que se acerca a ti, acaba siendo un asesino.?

    Vamos al tema, niña con cara de inocente……
    Vaya, a mi en pleno me has hecho vivir a la par tu …… aventura., Bueno para ser real, me he bajado en el hotel, no por falta de ganas, si no porque mi pareja es muy celosa y temía las consecuencias.

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  4. Para el cambio de luk, o de tercio, te aconsejo que vuelvas a tapar tu ojo con el flequillo.
    Felicidades a Valería por sus dibujos tan buenos y sugerentes. En cuanto a ti, …….. me vas a hacer pasar por este bochorno muchas veces?😭😭😭
    Pues entonces la que tendré que cambiar el luk seré yo ,😉😉

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    • Tranquila. Solo en FB he mostrado mi inocencia. Aquí sigo teniendo la misma cara. Y en la realidad, mucho más maligna por haberte hecho sufrir, con la ayuda de Valeria y sus geniales dibujos. Córtate el pelo (¿o era suéltate?), y luego si quieres, el sujetador.

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    • No se yo, casi he pensado que me voy a desmelenar, total lo que los gusanos han de comer, los humanos deben ver.
      Así que, fuera complejos y a desmelenarse toca.
      Voy corriendo,antes de pensarlo dos veces 🏃🏃🏃🏃💑🏃💑

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  5. Eres genial Henar hijica !!!! hay madre primero esta frase me arrancó las risas : leo un «ven», que bien podría ser un «que te den», y ambas cosas ahora mismo las codicio.
    Genialidad pura y dura, luego el calor de la situación … claro que venga a viajar y venga a viajar… pero el final, no dejas títere con cabeza pero me encanta!!! Muchas felicidades por el genial relato y también a Valeria por sus estupendos dibujos.

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  6. Tela no voy aprender en la puñetera vida, con lo agustito que estaba yo leyendo el relato y cuando me digo ahora viene lo mejor, alquila un apartamento para sus aventuras y disfrutar de lo mismo y resulta que ha llegado Mr. Hyde y los cuelga por los pies y prácticamente los desolla, Menos mal que no has dicho sus nombres y es como una relación menos personal que cuando conoces lo nombres de las personas. 😉

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  7. Una llamada, no hay cruce de palabras, solo las mías vomitan, la rabia en mi concentrada.
    Les seguí durante días anhelando sus miradas, deleitándome en sus manos que mi cuerpo no rozaban. Siento mías las caricias que entre ellos se regalan, respiro cuando suspiran, me estremezco cuando callan. Cerrados mis ojos estaban, inmersa en ser tres en uno en aquel banco de la plaza. Te cruzaste en mi delirio, me robaste la esperanza, te quedaste con los gemidos con los que tanto tiempo soñaba. Tras la puerta día tras día, entraba en vuestra lucha sin armas y vivía en mis desvelos vuestra pasión desatada. Era yo su ángulo recto del triángulo en discordia, era yo quien tenía que estar devorada por sus cuerpos.
    Una llamada bastaba, a quién en tu hogar esperaba.

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  8. Grandísimo el relato, impresionante. Me ha encantado. Como a Silvia, también me ha hecho estallar en carcajadas la frase del ven y el que te den. Cúanto voltaje erótico, qué lenguaje más tórrido. Da envidia y uno se imagina formando parte de ese trío. Andaba preguntándome, pues intuí por los comentarios algo, quién sería el cabrón o el elemento macabro al final. El final, sorprendente y abrupto, lo he encontrado sin embargo demasiado breve, porque corta todo el relato de cuajo. No lo tomes como crítica, por supuesto. Pasa que toda la acción erótica es bastante extensa y por supuesto nos absorbe por completo, mientras que la parte criminal ocurre en un abrir y cerrar de ojos, haciendo un efecto de interruptus (sexual) y de corte de rollo total. Felicidades y ahora mismo felicito a Valeria. Un gustazo esta colaboración. Si ya existen viciosos del voyeurismo y del sexo, así estáis creando viciosos adictivos de cosas tan soberbias, no me cabe duda.

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    • Para nada me lo tomo como una crítica. De hecho me satisface leerlo. En mi macabra mente, el final también era un jarro de agua fría. Mientras escribía lo sofocante, deseaba que no se notaran mis intenciones, a la vez que me frotaba las manos en gesto macabro. Cuando llegué, reí maliciosamente. Así que me has dado una triple alegría, por la carcajada, por tu corte de rollo, y más que nada porque te haya gustado.

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    • Jajaja…qué grande eres. No, para nada se notaron tus intenciones, que menciones lo del jarro de agua fría demuestra que lo tenías muy claro. Agua muy muy fría, de ésa que te encoge la tita de forma cruel y drástica (jaja). Tendré que ponerme las pilas en ese sentido: Tu mente, aparte de creativa, tiene ese componente macabro y que siempre busca la sorpresa. Y eso me gusta mucho.

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    • Creo que a ti no te he soltado mi típica coletilla: “No soy grande, soy de tamaño medio tirando a pequeño.” A los veinte logré asumir que no crecería más, o que solo lo haría a lo ancho.

      Por aquí hay unos cuantos que saben agrandar “cosas” sin tocarlas. No puedo competir contra estos ilusionistas, solo puedo chafarles el truco, cuando sus espectadores, al volver a casa, osen pasar por este oscuro callejón.
      Hoy mi mente está metafórica.

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  9. Pingback: Republishing: El peligro de observar cual voyeur | Pensando en la oscuridad

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