La fábula de la perra y la zorra

 

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Había un mono que deseaba marcharse del circo para ver mundo. Corrijo: Había seis monos que estaban cansados de hacer monerías en un circo, pero solo uno tenía el valor de hacer sus sueños realidad y llevar a cabo el plan de fuga. Durante una de las actuaciones, no sin miedo, entregaba una margarita a una señora del público, como acostumbraba en su número. Después, en lugar de aplausos, se escuchaban gritos.

– Los humanos gritan por cualquier cosa. ¿Nunca un mono ha utilizado sus cabezas como rocas en un río? –se preguntaba el mono.

Lograba cruzar al otro lado. Estaba fuera de la carpa y no daba crédito. Se sentía libre y corría. No miraba atrás, no fuera a pensar en la culpabilidad de dejar a sus hermanos cobardes.

Su sorpresa era mayor que la de la gente cuando el domador metía la cabeza dentro de la boca de un león. La inmensa ciudad que tenía ante sus ojos le daba respeto, por no decir miedo. Nunca había visto tanto movimiento, ni siquiera en los trapecistas y malabaristas. Nunca había visto a las personas en su hábitat. Vivían estresados. Quizás fuera por el ruido. Quizás por ese olor peor que el de la caca de elefante.

Llevaba unas horas paseando por las aceras, sin que nadie lo mirara, sin que nadie viera lo decepcionado que estaba, cuando ella se paraba a olisquearlo.

– ¿Perdona? –decía él sintiéndose algo ofendido por la mueca de su hocico.

– Perdonado. Hueles fatal, pero eres muy mono.

Él sonreía. Al fin había encontrado algo hermoso en esas tierras baldías y no iba a permitir que se le escapara. Si tenía que perseguir a aquel gato con ella, lo haría.

La perra era la reina de la calle. Con ella se sentía a salvo. A cualquiera que se le acercara le gruñía. Por él haría cualquier cosa, incluso entrar en un restaurante para robar comida. Lo pasaban bien. A medida que se conocían, más se enamoraba de ella, de su mirada tierna, de su triste historia. Al mono no le entraba en la cabeza cómo sus dueños fueron capaces de abandonarla. Estaba dispuesto a construir, para ella, un nuevo hogar, una nueva familia, o quizás la disposición era solo suya, pues ella no lo quería.

– No, no voy a casarme contigo. No me pondrás una correa.

– Pero, cielo…

– Ni tampoco me pondrás un bozal. Que no, que yo soy libre, una perra que no busca a su ciego.

Recibía ladridos y los prefería. Al callar, el silencio solo podía anunciar que lo suyo había terminado. No le dijo que se fuera, pero sí lo vio en sus afilados colmillos.

– Nunca debí salir del circo.

Tampoco servía de mucho arrepentirse, pues no podía regresar, pero estaba destrozado. Solo podía resguardarse en la soledad. Encontró un bosque y un árbol del que colgarse. Balancearse esta vez no le consolaba. No encontraba satisfacción en rascarse el trasero.

– Pareces triste.

¿Quién osaba perturbar su perturbación?

– Eres muy astuta.

– Sí, eso dicen.

En la mirada de la zorra se veía curiosidad, como en todos los bichejos que pululaban por lo verde, sin embargo, en ella era distinto, a ella le divertía su situación.

– ¿Te importaría dejar de mirarme y regodearte de mi tristeza?

– No me regodeo. Me pregunto hasta cuándo te durará la tontería. Todos sufrimos, es lo que tiene la vida salvaje, y de nada sirve lamentarse o ir contra el instinto de ganar a la muerte.

El mono pasó a ser el curioso. ¿Cómo podía desprender tanta elegancia y saber esa pelirroja? Antes de que pudiera encontrar la respuesta, aun sin dejar de pensar en su perra, estaba empezando a sentir algo por ella. Disfrutaba viéndola cazar, e incluso comiéndose gusanos. Su pelaje era tan suave… aunque solo le dejara acariciarla cuando estaban en su madriguera. Fuera le mostraba la belleza de la noche, cada rincón de aquel bosque donde había pasado toda su vida y que conocía como la palma de sus patas.

– ¿Nunca has pensado en qué hay más allá de horizonte?

– No, ya me has dicho que es un asco.

Eso le había dicho, pero fue antes de recuperar la ilusión. Había visto tantos crepúsculos con la zorra, tanta belleza reflejada en sus avispados ojos… Habían tenido tantos momentos de risa, que estaba dispuesto a soñar. La imaginaba con una gaviota en la boca tras una carrera por la orilla de la playa, mientras él la miraba subido a una palmera. Quería convencerla siendo el zorro de la relación. Ella no se dejaba engañar con adulaciones. Ella escuchaba, con sus orejas puntiagudas, las verdades. Se oía en estéreo que a él no le bastaba con estar con ella, que el mono quería estar en todas partes y ella, al negarse, lo frenaba.

– Vete.

– ¿Qué dices?

–  Que te pires, chaval.

– No entiendo.

La zorra hacía acopio de paciencia. Le explicaba despacito, por si no se había dado cuenta, aunque fuera mentira, que ya no sentía nada por él, que aquí ya no había amor que lo retuviera, que ella ya estaba muy lejos…

De nuevo, hecho pedazos, marchaba, sin fantasías, sin sueños, ni deseos. Encontró un zoo y se dejó apresar. En una jaula no habría quien le hiciera daño. Ja. Allí conoció a la foca y…

Moraleja: Da igual a qué tipo de fémina te enfrentes: perras, zorras, lobas, conejas, víboras, tigresas, gatas… Todas muerden. Todas dejan marca.

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99 pensamientos en “La fábula de la perra y la zorra

    • Como ratona, tengo más difícil lograr que no se olviden de mí. Las heridas que puedo hacer son más pequeñas. A no ser que me pongan en un cubo de hojalata, contra la tripa de alguien, y le den calor. Ahí sí hago daño.

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    • En ningún momento he dicho que sean malas, de hecho, ni estos animalajes (no me atrevía a usar la palabra “personajes” para describirlos) creo que lo sean. De haberlo sido, ¿no sería más sencillo olvidarlas?
      Ahora que preguntas lo de las uñas, me recuerdas que tengo que ir al veterinario. Joder, qué zarpas.

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    • ¿Y no ves también de eso en el mono? Todos somos seres egoístas, ya sea por una buena causa o no. Por ejemplo, tú quieres que me corte las garras para no destriparte y también para que no me saque un ojo cuando me rasque.

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  1. Jo***** , para una vez que me cuentan un cuento por la noche…… me ha producido el efecto contrario….,
    Me ha quitado el sueño.
    Será que ya no creo en el mundo de nunca jamás??????

    Que lastima… necesitas algún sinónimo más para tu moraleja.,.. o ya has agotado ya todos?¿???

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    • Inocente… Aquí siempre se intenta desvelar o, en su defecto, que tengáis pesadillas. Peter Pan te visitará esta noche como dejes la ventana abierta y te robará.
      Gracias por tu ofrecimiento para hacer de diccionario, pero tenía unos pocos más en el tintero que no puse por no hacer la moraleja cansina.

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  2. Excelente Henar! Me recordó lo que dijo mi paisano Jaime Sabines:

    “Ayer estuve observando a los animales y me puse a pensar en ti. Las hembras son más tersas, más suaves y más dañinas. Antes de entregarse maltratan al macho, o huyen, se defienden […] ¿Es que somos distintos? ¿No te hicieron, pues, de mi costado, no me dueles? Cuando estoy en ti, cuando me hago pequeño y me abrazas y me envuelves y te cierras como la flor con el insecto, sé algo, sabemos algo. La hembra es siempre más grande, de algún modo… “

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  3. Aún conservo las heridas de mi intento de romance con una tiranosauria bastante regia. Para una vez que me lanzo…
    Por cierto ¿he leído mal o pareces que has publicado algo y no se lo has contado a tu cansino particular?

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    • ¡Claro que la dejé yo! fue por un motivo práctico: Yo logré correr más que ella. Lo de los trabajos manuales no estaban mal; la cosa cicatrizaba pronto.
      Cansino particular: Servidor.

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    • No, joder, mira que me lo decía mi abuela, “si llegas a conocer a alguno de tus héroes, seguramente acabarán decepcionándote”. No quería creerlo. Quería ser como tú y resulta que ¡corres! Me voy a beber para que se me pase. ¿Te vienes y hablamos de las publicaciones que no te llegan o de las que tengo que avisarte como honorario por ser mi cansino?

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    • No te imaginas cómo era mi «Regina». ¿Te imaginas tres o cuatro mil quilos de músculo y uñas siguiéndote a cuarenta por hora para fornicar contigo? Así corre hasta un oso perezoso como yo.

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    • ¿¡Tenías pósters de mi cara en tu habitación!? Bien se ve que te gusta el género oscuro.
      Y en cuanto a lo de tropezar… Pues sí, y en tales ocasiones hube de satisfacer los apetitos de mi «Regina». Pero al fin logré zafarme y acercarme a la farmacia a por unos litros de betadine. No entraré en detalles, que hay una dama delante.

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    • No te lo voy a tener en cuenta porque sé que lo has hecho con toda tu buena intención, pero no has tenido en cuenta mi imaginación. Sin contar las escenas porno que se me han pasado por la cabeza, puedo hablarte, como haré a mi psiquiatra, de la imagen de tu cuerpo en un jacuzzi de betadine. Esta noche me esperan pesadillas. ¡Yuhu!

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    • En cuanto a lo de no entrar en detalles, me refería a mis escarceos con Regina. Pero vamos, que si has visto a un gran danés de malos modos fornicar con un chiguaga, no es necesario entrar en pormenores.
      ¿Pesadillas esta noche? ¡Ole! fiesta en tu pensamiento.

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