El trayecto del miedo

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Cerró la puerta tras de sí, con llave, con cadena, con cerrojo, y dejó resbalar su espalda por ella hasta el suelo. Se llevó la mano al pecho, como si con su tacto fuera a lograr frenar el rápido y fuerte repiqueteo de sus latidos. Vomitó en el suelo. Se limpió la boca y el sudor de la frente una vez el resuello se lo consintió. A pesar de ya haber pasado lo peor y estar a salvo, no pudo dejar de sentir miedo. Siguió temblando por un rato, recordando lo vivido en el corto trayecto de vuelta a casa.

Siempre había creído que caminar por su calle de farolas rotas era una opción arriesgada, de ahí, que acostumbrara a tomar el autobús después del trabajo. En esta ocasión no iba a poder ser: había salido demasiado tarde. Estaba acordándose de su jefe y todos sus muertos cuando el coche blanco se detuvo a pocos metros de la parada donde se encontraba. Durante un rato maduró la idea de si valía la pena gastarse prácticamente lo ganado en el día por no hacer mayor el cansancio que ya acumulaba. La respuesta debió de ser un sí. Se acercó, «buenas noches», montó en el asiento trasero, «¿a dónde le llevo?», y le dio la dirección. Como primera impresión, le pareció inofensivo, corriente, un conductor de barriga pronunciada, agotado por los kilómetros que ya llevaba encima. Se distrajo con el móvil hasta que este se le quedó sin batería y fue, entonces, cuando se percató de la mirada fija que lo apuntaba a través del retrovisor. Un escalofrío lo recorrió, el primero de los muchos que lo acompañarían una vez el psicópata comenzara a hablar con voz siniestra. El taxímetro subía, y él sintió que su vida bajaba, que se agotaba. Tenía que salvarse, así pues, en el primer semáforo que se detuvo, le tiró cincuenta euros y, sin esperar el cambio, corrió. De aburrimiento, quiso matarlo aquel cabrón.

 

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130 comentarios en “El trayecto del miedo

  1. Quiero pensar que ese psicópata realmente no era taxista. Dime que no, o no vuelvo a coger u taxi en mi vida.
    Gracias a todos estos profesionales, a su trabajo y su saber estar, realmente ellos si pueden vivir con la inquietud de quien se monta en su coche .
    Imagino que tú relato, que me ha tenido en tensión hasta el final, no esté basado en un hecho real.

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  2. El aburrimiento es un gran enemigo que ataca en los lugares más inesperados. Un taxista que no habla, una peluquera que no te pregunta por la familia. Una siesta de ciclismo. Una ceremonia, en general.
    Pero también puede ser un gran aliado: ¿Qué mejor sitio para planificar un crimen, literario o de desahogo psíquico, que en cualquiera de las circunstancias anteriores? Un robo a un banco en el taxi, una estafa a un cártel en la peluquería, el asesinato en masa de un par de docena de famosetes en el tur, Un sacrificio pagano ancestral en una iglesia gótica…

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    • Cuando tú quieras. ¿Buscamos inspiración juntitos en un cementerio virtual? ¿Un viejo castillo en la red? ¿Una iglesia electrónica abandonada?
      La luna dibujada con Inkscape y coloreada por Photoshop alumbrará nuestros mas siniestros sueños digitales y nos unirá en una sola entidad literaria llena de bytes.
      Creo.

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    • Ná… no me lo creo. La que eres buena eres tú, yo soy un mal aficionadillo. Y ahora que he acabado de echar flores, pues mira, lo que dice la canción: “Con ta mínamé…”

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    • No es genialidad. Es una capacidad innata para emborronar papel y pensamientos. No me sigues no por falta de capacidad de raciocinio tuya, sino por por falta de claridad mía.
      Lo reconozco. Mis caminos neuronales son escabrosos y se unen a la niebla verborreica, mejor graforreica, que logran que el más pintado de los exploradores literarios pierda el pie y caiga en el abismo de la confusión. Tremendo defecto el mío, que estoy tratando de solventar. A la vejez, claro.

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    • No puedes hablar de falta de claridad a la que piensa en la oscuridad. Hace tiempo que llegué a la conclusión de que quien escribe se arriesga a convertirse en un incomprendido, pero solo si permite que le afecte el que su mensaje no llegue como desee. Hay tantas interpretaciones… Y creo que ahí mi problema, que quiero entrar en la mente del que escribe y, tío, tu selva es demasiado frondosa como para no perderse.

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  3. Silencio atronador en las noches de regreso, y los asientos traseros a la espera de sus dueños… Y unos ojos que se encuentras con la música de fondo que da pie a algún cuento… No me cuentes qué tiempo hace, no quiero saber tu vida, mátame cuanto antes o llévame s mi casa enseguida

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