El camino hacia la suerte

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— Sobra decir que la suerte no quería ser mi amiga. El problema radicaba en mi mirada, sin una pizca de sadismo. No le parecía lo suficientemente apetecible. Sabía que a ella solo le gustaba dotar de su brillo a los ojos más oscuros, pero me decía que algún día se apagaría, mejor dicho, que alguien vendría y lo apagaría dándoles su merecido. Unos años después cambié el mantra y, como si no me dieran bastantes golpes, en mis adentros me susurraba que ellos no apoquinarían. La vida era así de puta y tenía que conformarme con las cartas que me habían tocado: todas bastos y ningún as en la manga. Compadecerme no servía de mucho, ni rebuscar en el tiempo para encontrar los puntos que podrían haber hecho de mí una persona distinta. Era yo y estaba ahí, en una celda, con la ropa desgarrada, en la esquina contraría a donde hacía mis necesidades como, si alejarme, me fuera a quitar el olor a mierda que llevaba encima, y de compañía, la música de mis uñas negras rasgando el polvoriento cemento del suelo. Glamour en estado puro. Conocí el glamour verdadero y me daba más asco que mi hogar. Cuando me sacaban de paseo, no sin la correa y el bozal, no sin darme un baño y llevar a la veterinaria a su perra, era cuando realmente me daban arcadas, porque ya sabía lo que me iba a deparar: afortunados y sádicos, millonarios con ganas de firmar cheques con mi sangre. Si bien es cierto, mi amo nunca dejó que se pasaran de la raya. Me había convertido en la estrella del show en su prostíbulo de carne mutilada. Sigilo, me llamaron. Obvio que con dicho nombre no había quien se resistiera a comprobar si eran capaces de arrancarme algún grito. Se me había olvidado cómo se hacía y cómo se sentía el dolor después de tantas heridas y posteriores curas. Ya no sentía, no sentía nada. Mi cuerpo, el cascarón, gracias al avance de la medicina, permanecía casi intacto, pero mi interior, mi alma, había quedado descuartizada. Quedé desalmada en el sentido más literal de la palabra.

» ¿Cómo cambió? Pues verás, la suerte… Hubo un cirujano, un cliente, enamorado hasta las trancas de mi indiferencia ante todo. Lo que en un principio fueron prácticas de quirófano, terminaron siendo horas de charlas. Me enseñó que hablando la gente se recompone, que compartiendo la vida se aviva, así como estamos haciendo tú y yo. ¿Verdad que te sientes más vivo, aun creyendo que tu muerte se acerca? Es una sensación increíble. De nada.

» ¿Por dónde iba? Ah, sí, sus lecciones. Aprendí mucho, ¿sabes? Pero lo mejor fue comprender que la suerte no llega porque sí, has de encontrarla. ¿La quería? Sí, gracias a él había pasado a tener deseos. Ains… Los deseos… ¿Es posible que sean los que nos terminan convirtiendo en monstruos? Te voy a quitar un momento la mordaza para que me respondas, pero no grites, ¿eh?

— Por favor, señora, no quiero morir, se lo ruego. No le contaré a nadie lo que ha pasado. Déjeme marchar.

— Vaya mierda de deseo. Ansiar vivir no es suficiente, es a lo que estamos acostumbrados desde el nacimiento. Como veo que no estás preparado, tendré que seguir despellejándote un poco mientras continuamos con esta agradable charla.

» Soy yo, estoy ­aquí y hago lo que deseé y deseo. Estoy haciendo el mundo más justo. ¿Has puesto los ojos en blanco o es que estás apunto de desmayarte?

— Maldita loca. ¿Hacer el mundo más justo? Más justo sería si usted no estuviera en él.

— ¿Tú crees? ¿Y qué harías para remediarlo?

— Se lo haría pagar.

— ¿Me matarías?

— Sí, y disfrutaría.

— ¡¡Bravo!! Ahí es dónde quería llegar. Con la venganza conseguí mi libertad, mi mansión, mi felicidad, mi SUERTE… Aun siendo una satisfacción éticamente mala, con ella se puede hacer el bien. No es excluyente. Compagino días de cacería de mis sádicos ricos con otros en los que educo a los pobres para convertirse en agraciados. Solo tienes que dejar que el odio por lo que te he hecho te llene, incluso aunque puedas sentirte agradecido. Asiente si lo entiendes. Así me gusta. Perdona por el golpe en la cabeza que te voy a dar ahora. Solo es para dejarte inconsciente. Te esperaré, querido alumno, cuando te recuperes.

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35 pensamientos en “El camino hacia la suerte

  1. —Siempre que leo cosas de éstas, me emociono. Porque me producen repeluznos, escalofríos… y envidia.
    »¡Lo confieso! Soy un sádico pusilánime. Mejor dicho, soy un pusilánime al que le gustaría ser sádico. Incluso me compré un periquito para practicar haciéndolo sufrir. Ahora es el amo de la casa. De mi propio hogar, donde es la alegría. Sí, alegría en casa de un sádico.
    »¡Pero si ni siquiera soy capaz de ver los documentales de la dos! ¡Si casi me desmayo leyendo esta historia!
    »Qué asquito me tengo, de verdad.

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  2. Cierto… Siento que la muerte se acerca
    Por eso exprimo al máximo los días que aún me quedan.
    Los exprimo y endulzo, para saborearlos al máximo posible.
    Porque hay dos vidas.. la vida en sí, y la que vives cuando sabes que esta se acabará 😕

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