Un buen momento para poner fin

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Los presentes entraron en un súbito mutismo dejando que la melodía de mi móvil llenara todo el comedor. Me miraron como si hubiera cometido sacrilegio, tal vez por no haberlo apagado o tal vez por no haberlo puesto en silencio. Nunca me importó que pensaran que soy irrespetuosa. Aun así, me tomé la molestia de ser educada.

– Disculpad. He de responder. –Deslicé el dedo por la pantalla, me lo pegué al oído y saludé–: ¿Qué pasa, zorra? ¿Es urgente? Es que estoy ocupada recibiendo cólera en masa.

– Ño… Te… To… Car… E… Pa… O… ¡Ya!

– ¿Eh? Tía, sal del túnel, que no te entiendo. Repite.

Para mi intriga, se colgó.

– Pues vaya. Bueno, ya estoy. ¿Por dónde andábamos? –pregunté para los mosqueados.

Isabel fue la que se atrevió a liberar la tensión intentando hacer como si no hubiera ocurrido el desagradable incidente.

– ¿Os acordáis cuando…?

Piruriru, piruriru, pirurirurí…

Desde luego tenía que ser algo importante. Maguie no me llamaba de nuevo si no lo era. Si acaso, me escribía un mensaje.

– Aaaam. Un momento, ¿vale?

–  Sí, claro, tómate tu tiempo –dijo no sé quién haciendo acopio de todo su retintín, el cual ignoré con maestría.

– ¿Maguie? –Guardé silencio esperando que me contestara–. Puta mierda de móvil. Un momento, voy a poner el altavoz, a ver si así… Ya. Di algo.

– Me cago en todo. Coño.

– Vale, sí, ya te escuchamos maldecir todos. ¿Qué te pasa?

– ¿Me oyes? Por fin, joder. Tara, tienes que venir a buscarme, ¡ya!, coño –gritó como nunca antes la había oído.

– Tranquilízate.

– ¿Que me tranquilice? ¿Que me tranquilice? Cuando estés aquí, ya lo intentarás tú, que yo sola no puedo. Es que… Es que… –dijo antes de romper a llorar.

– Me estás preocupando. ¿Qué demonios ha pasado?

– Botines está muerto.

– Ups. Lo siento. Son cosas que pasan. Tienes que entender que era un gato ya bastante mayor.

– No, eres tú la que no lo entiendes. No ha muerto por causas naturales. Lo ha matado.

Pensé que su vecina lo había envenenado. Teníamos en común que Botines no nos caía demasiado bien.

– ¿Cómo lo sabes?

–  He entrado en casa y… –gimotea.

– ¿Y?

– No sé. Pablo se ha vuelto loco. Tara, joder, había Botines esparcido por todas partes. Había sangre… Había pelo… Tara, te digo que jamás he visto nada tan atroz.

Si antes se respiraba odio combinado con el aroma de la comida, en ese momento solo había desazón en el aire, y la falta de hambre, que pronto se acrecentó.

– ¿Cómo sabes que ha sido él?

Siempre me pareció que a su novio le faltaba un tornillo, pero de ahí a ser un psicópata…

– Porque lo he visto, joder. Estaba… Tara, creo que se lo estaba comiendo. Ha venido hacia mí con su rabo todavía en la boca.

– ¿Y qué has hecho?

– Correr, joder, y llamarte para que vinieras a buscarme. ¡Ven!

– Vale, sí, dime dónde estás y salgo para allá ya mismito.

Volví a entregar mis disculpas y esta vez las aceptaron, incluso se ofrecieron a acompañarme. Pasé de su gentileza. Prefería no volver a verlos y así fue.

El apocalipsis zombi no pudo ser más oportuno. Condenó al planeta, pero a mí me salvó de morir de aburrimiento en la cena de antiguos alumnos.

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74 pensamientos en “Un buen momento para poner fin

  1. Tú siempre tan cortes con los amigos, vaya tela ¡Botines! que nombre es ese para un gato y no me vayas a decir que era negro y tenía las patitas blancas o viceversa. Por cierto dejo los sesos intactos? Es que revueltos con un huevo están de vicio. 🙂

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  2. Bien, dices que Pablo odiaba a Botines. Yo creo que no: Lo amaba demasiado.
    A mí, en su día, me pasó lo mismo con una vecina. Dijera lo que dijese el psiquiatra, aquello era más amor que esquizofrenia. Y yo no me escondí en una excusa vírica o mutante para expresarlo: Deseaba su corazón… y su hígado.
    A pesar del pequeño desencuentro de hoy, Henar, cada día te aprecio más. Y ya has visto lo sincero y contundente de mi cariño.

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  3. Las cerdas son diferentes, no marcan cuando quieren llamar la atención, usan la llamada de voz desgañitada reclamando cuidados. No desparraman tripas, clavan su puerca boca en cuello ajeno, absorbiendo hasta la última gota.
    Así son las cerdas, contoneantemente sexys, hasta darte el golpe certero del que ya no hay salida..

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  4. Esas llamadas eran planificadas para escaquearte de esas reuniones por compromiso, donde no te apetece en absoluto perder tu tiempo.
    Quien no hs recurrido a ese recurso alguna vez? Seamos sinceros.
    Lástima que mi teléfono no me permita colgarlo en la soga del ahorcado, pero algo inventaré para ello

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    • Me has pillado. Entre mis excusas está esta, la de mi perro se ha comido a mi suegra, un ovni se ha estrellado contra mi coche mal aparcado y tengo que ir a hacer los papeles del seguro, el fantasma de mi sótano se ha caído por las escaleras, etcétera. Nunca fallan.

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