Condicionado

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Con tanto tiempo a nuestras espaldas y, en nuestra mirada, sin vernos, nuestro reencuentro debería ser algo épico, una historia digna de relatar a los nietos que nunca tendremos.

Ninguno de los dos habríamos logrado olvidar cómo juntos descubrimos nuevas sensaciones y sentimientos. Por eso, la noche anterior caeríamos en un insomnio cargado de sueños, remembradas sonrisas y nervios. Horas de impaciencia que culminarían cuando llegara el momento de intercambiar los besos que todavía nos sobran después de todos los que hemos malgastado en amores fracasados.

Algo provocativo, pero no excesivo, me pondría. Vestida de decisión iría al restaurante en el que habríamos quedado. A la puerta, me estaría esperando tan atractivo, tan… como fue, pero más. Un descarado repaso a modo de saludo. Unos comedidos halagos. Su invitación a que pase primero.

 —¿Sigues bebiendo calimocho?  —preguntaría ante el mesero una vez acomodados y nos reiríamos sin reparos.

 —Que sea vino blanco, por favor.

Nos pondríamos al día, viendo que los objetivos que teníamos por antaño fueron velocistas y que nosotros éramos demasiado vagos como para intentar siquiera alcanzarlos. A paso lento ambos habríamos caminado y disfrutado del paisaje que nos ofreció la vida. No nos quejaríamos. Ambos pensaríamos que lo malo está para rememorarlo cuando ya se ha curado y puede sacar carcajadas al contarlo. Las nuestras eclipsarían nuestro alrededor, dejando todo en la negrura de sus ojos.

 —¿Todo de su agrado?

El muro caería ante aquel que sentimos ajeno a nosotros. Nos empujaría a salir de nuestro submundo de utopías lascivas y, sin embargo, no lo lograría. Nos desearíamos más de la cuenta, la que pediríamos para saldar las pendientes nuestras.

¿Mi casa o su piso?, elegiría la localización más cercana para no tener que perder la batalla contra la contención. Pensaría en darle mi mano para que me sujetara, para que no, en cualquier calle poco transitada, desatada lo violara con su autorización.

No correríamos porque todavía faltaría para llegar a esa meta. Nos lo tomaríamos con una fogosidad calmada, sin pausa, en cuanto quedáramos en proximidad a la privacidad de la cama.

Trozos de rasgada ropa desperdigados por el suelo. Su aroma impregnando cada rincón. Su aliento concentrado en mi cuello. En forma de besos, pura provocación. De dominación por ambos dos, deseos. Querer darlo todo para recibir el placer del otro con inusual fervor.

Dejaría que, a cielo abierto, me recorriera con su lengua. Ya, luego, con mi saliva, expiaría la deuda. Atesoraría cada rugido, cada jadeo substraído en mi retina.

Lo llevaría hasta la frontera donde se desdibuja la cordura, una y otra vez, haciéndolo retroceder y volver, como travesura o impuro propósito de hacerle perder el control. Negligencia la mía, que me ocasionaría el beneficio de sentirlo embravecido en mi desbordado interior. Tantas estocadas estoicas que me desarmarían y debilitarían las piernas ante tal culminación.

Agotamiento, pero ni una gota de sueño, sí muchas de sudor resbalando por nuestros aún desnudos cuerpos. Me daría una ducha y él me seguiría, para continuar mezclando líquidos hasta que nos alcanzara la mañana. Me despediría del sol, de él, que me haría arder y enrojecería mi piel. Un par de horas querríamos dormir para, así, recuperarnos, sin dejar de aguardar la repetición de nuestro frenesí.

Buen final para una fantasía. Mal principio para una realidad ir con semejantes expectativas.

(No lo sientas).

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4 pensamientos en “Condicionado

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