El caso Ezequiel

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Ezequiel y yo éramos amigos desde… No me acuerdo. No tiene importancia. Nunca vamos a celebrar nuestro aniversario. Éramos amigos y punto, o eso creía yo hasta… Puta memoria. En fin, digamos, un tiempo atrás. Hablábamos de todo. Joé. Si nos contábamos hasta cuántas pajas nos hacíamos al día. No me creía que hubiera dejado de hacerlo. No sabía por qué perdimos esa confianza. De repente y sin previo aviso, me había sustituido por el silencio. Seguíamos quedando, sin embargo, estaba ausente. Llegué a considerar que un demonio de lo más aburrido lo había poseído. No se rio cuando se lo comenté. Ahí, creo, fue cando me percaté de que su mirada carecía de sentido del humor alguno. No me quise preocupar. Lo hice. Le pregunté. Me contestó que no era nada, que tenía problemas en casa con sus padres y casi me convenció. Su madre era una harpía, cierto, pero nunca le había afectado lo más mínimo.

Decidí que, ya que era una buena amiga, debía hacer algo. Así pues, me presenté una mañana que sabía que él estaría en la universidad. Matilde, su mamaíta, me recibió con una alegría insólita. Me hizo el desayuno mientras me expresaba lo mucho que le complacía que hubiéramos arreglado nuestras diferencias. Me detalló lo mal que estaba desde que habíamos discutido: Ezequiel apenas dormía, apenas comía, apenas… Yo flipaba. Me había puesto como excusa. Era un experto en derivar las culpas de su estado. Se me antojó delatarlo, acusarlo, llamarle cabrón… Me contuve. Sería mejor si antes investigaba.

Le pedí permiso a su madre para entrar en su cuarto. Me convencí de que allí encontraría pruebas. Me hallé a mí sorprendida ante tal orden. Era una jodienda. Me complicaba el trabajo. Seguro que notaría que había hurgado en sus cosas. Bueno, podría decirle que había sido Matilde y que ella dijera que fui yo, algo así como lo que hizo con nosotras. Un «donde las dan, las toman», razoné, me valió y rebusqué. Me estaba cansando de no toparme con nada sospechoso, cuando uno de sus cuadernos se me cayó el suelo. Al recogerlo vi el dibujo en una de sus páginas. ¿Desde cuándo pintaba? ¿De quién era esa media cara? Vale que no era muy profesional, pero de alguna forma se parecía a… Era yo. Soy tan egocéntrica… Para mí, resultaba evidente. Había empezado a sentir algo más que amistad. Pobre Ezequiel y yo qué desconsiderada. Quizás le había estado mandando señales contradictorias. Quizás no le dejé bastante claro que ya no me interesaban los hombres, o quizás sí, y de ahí su depresión.

No sabía qué pensar. Teníamos que hablarlo antes de que se terminara de joder eso que teníamos o que tuvimos, o… lo que fuera. Le mandé un mensaje que no contestó. Lo llamé y me colgó. Me evitaba. ¿Sabría que lo sabía? Lo reconozco, me estaba volviendo paranoica. No me dejó otra opción que ir a buscarlo a clase. Al no encontrarlo, pregunté a sus profesores y me dijeron que llevaba unas semanas faltando. ¿Dónde se metería? Lo mismo me precipité sacando conclusiones. ¿Y si la de dibujo no era yo? ¿Y si se estaba viendo a escondidas con alguien? Era plausible, no obstante, ¿por qué habría de encubrirlo? El caso se me estaba complicando. Necesitaba un Watson, o una pipa. Con hierba a poder ser.

Me dirigía a la casa de Kike, mi proveedor de paz y perspectiva, cuando vi a Ezequiel. Estaba solo. Caminaba mirando el suelo, totalmente perdido en sus pensamientos, que no desorientado. Parecía tener un destino, o eso deduje tras llevar un par de kilómetros siguiéndolo. Se adentró en el pequeño bosque que hay a las afueras de la ciudad y por unos minutos creí que me había despistado. Debí haber sido más precavida porque, tras dar unos cuantos sigilosos pasos más y girar en un arbusto, choqué contra él. Ambos nos quedamos petrificados. Ninguno se atrevía a decir la primera la palabra. Le cedí el honor.

—¿Qué haces aquí?

—¿Y tú? ¿Has venido a coger flores?  —le interrogué señalando las que sujetaba en una mano.

Las dejó caer.

Empezó a sudar. Su nerviosismo le delataba. Pude ver sus ganas de huir bailando en el aire junto a los mosquitos. Yo no iba a permitirlo. Resolveríamos eso allí. Se confesaría y esta testigo no lo juzgaría.

Le revelé lo que había descubierto en el allanamiento de su habitación, mis impresiones, mis dudas, mi inquietud… Me sonrió con ternura.

—No estoy enamorado de ti, ni de nadie, a mi pesar. Ese es mi problema, que quiero estarlo, aunque no puedo. Creo que algo no va bien en mi interior. Siento que mi corazón está roto y que yo soy el único responsable de su mal funcionamiento. Ya sabes que he tenido alguna que otra pareja y que todas me han acabado abandonando porque nunca he sabido demostrar ni tener sentimientos. Estoy intentando comprender qué ve la gente en las cursiladas como lo de dibujar y recoger flores. Incluso he escrito poemas. Y con sinceridad, me doy asco y lástima. No estoy bien. Estoy loco, ¿verdad?

Loca me quedé yo al escuchar salir eso de su boca. Pretendía que de la mía no salieran tópicos como que el amor no hay que forzarlo, que ya llegará, que todavía es joven, que ya aparecerá alguna mujer que esté de acuerdo en que esos detalles son ridículos, que es normal lo que le pasa, que no hay nada de lo que preocuparse…, así que me burlé y le llamé mariquita. Se rio, que era justo lo que estimé que necesitaba, una vez se había quitado ese peso de encima.

—No vuelvas ocultarme nada, ¿vale? Juntos podemos con todo y podremos solucionar esto.

Los días pasaron, no sé cuánto, pero lo importante es que veía mucho mejor a Ezequiel, hasta aquel viernes que fue la última vez. De esa fecha no me olvidaré nunca, pues fue cuando encontraron, en una tumba improvisada con flores en el bosque, el cadáver de una chica que llevaba un par de meses desaparecida.

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6 comentarios en “El caso Ezequiel

  1. Alguien escribió, y creo que es cierto, que los locos que creen no sentir acaban padeciendo una pasión insana por la emoción, por la sensación. Y la exageración del sentimiento es la brutalidad.
    Sí, es cierto que alguien lo ha escrito: yo, ahora mismo.
    Pero no me lo he inventado del todo, es lo que me decía el psiquiatra de la cárcel.

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