Ser sin él

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Más que existir,
subsistir.
No vivir,
sobrevivir.
Mantener
en pie
por resistir,
la fe
de que seguir
hace bien.
Mejor estar,
que arriesgar
y perder
la ansiedad,
que morir
y olvidar.
Así,
puedo soñar
que aún está,
que me ve
tal como fui,
puedo volver
y mirar atrás,
sentir
el corazón latir,
aunque sé
que no puede ser,
que no se va a repetir.
Nadia habrá
que inspire paz
como él
en este luchar.
Eso sí,
pensaré
que cuida de mí,
que su mano me da,
en un proteger
de las bombas y su aturdir.
Gracias, le anhelo decir,
y otro más:
Te quiero, papá.

 

Conocerme íntimamente

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En mi entrepierna crecen unas ganas de abrirme. Me apetece contarte que a los siete años empecé a masturbarme y, aunque tenía miedo de quedarme embarazada, lo seguí haciendo. No es que no tuviera miedo a las consecuencias. Mi padre me enseñó a temerlas. No sé. Supongo que era lo suficiente fuerte para recibir las hostias, pero no lo bastante como para resistirme a las tentaciones. Me gustaba ver a mi vecinito tres años menor que yo bañándose en su piscina de lona en bolas. Era curiosa y nadie me enseñaba. Lo que me escondían tenía que destaparlo. Un día encontré un vibrador en un armario de la casa de un niño del cole y me di un masaje con él en el cuello. Mucho después descubrí que era para consolar otras zonas. Nunca dije nada. Se me daba bien ocultar, bueno, o eso creía. Sigue leyendo

Vampire’s Dreams, según Antonio Caro Escobar

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Cuando Henar me pidió que hiciera la reseña de su libro, se me congeló la sangre. Es algo que no he hecho nunca hasta ahora. ¿Qué puedo decir de un libro de esta índole? El día que leí el título me dejó algo descolocado. Vampire´s Dreams, ¿esto qué significa? Sueños de vampiro, pero ¿sueñan los vampiros?

Kate no es una chica normal, algo que ella ya sabe desde que tiene uso de razón. Lo que no podía sospechar era hasta qué punto su vida podría cambiar. Después de tomar unas copas, se despierta atada a una silla en un lugar desconocido, pero no es hasta que cumple los veinticinco cuando se produce el verdadero cambio, una vida completamente distinta en todos los aspectos. Conoce a personas de lo más variopintas, con poderes de lo más extraordinarios y es, entonces, donde comienza la verdadera aventura de Kate, que la llevará de un acontecimiento a otro, en los que tendrá que luchar contra distintos adversarios, pero sobre todo contra sí misma y sus impulsos internos acrecentados por su nueva condición vampírica.

En esta historia, su autora nos hace un verdadero cóctel, una mezcla de amor, odio, sexo y anécdotas, que nos trasladan de un escenario a otro, como por arte de magia, con una temática que, si bien no es nueva, sí es diferente a lo que estamos acostumbrados a leer o a ver sobre la misma.

Vampire´s Dreams nos hace ver un mundo nuevo donde el toque de humor irónico de su autora no podía faltar, lo que hace su lectura más agradable y entretenida.

Antonio Caro Escobar

Administrador de los blogs “Velehay” y “A.C.E.

Autor del poemario “Desde mi mente para mi alma“.


Hay que tener amigos hasta en el infierno para que no quemen tu novela, la lean y hablen de ella. Gracias, Antonio.

¿Y tú? ¿Tú quieres ser mi amigüit@? Pues no pienses que te voy a mandar una solicitud al Facebook, ni vamos a compartir confesiones en pijama, ni un helado mientras nos metemos con tu ex, no alabaré tu ropa aun siendo fea, ni etcétera, si no te lo has descargado. Compra mi cariño comprando mi libro.

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O en formato físico

La misma idea en dos cabezas 2

El pasado martes Johan Cladheart os dejó con la boca abierta con su relato. ¿Qué me decís, que no lo leísteis? Nomelopuedocreer. ¿No os gustan los textos bien escritos, es decir, sin faltas de ortografía y con estilo? ¿Sí? Pues ya estáis desfilando o pinchando aquí. No, recapacito, esperad, mejor leed el mío antes, por aquello de dejar lo bueno para el final. ¿Ya es tarde? Cagüen. En fin, qué se le va a hacer, poco más que dejaros con lo que se me ocurrió a mí al pensar en el tema aquel que era…

La misma idea en dos cabezas

por mí

(y por todos mis compañeros tenía que decirlo)

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Si tiene algo positivo dormir tres escasas horas al día, es que la tajada de ayer me dura y no hay resaca todavía. Minucias. Lo mejor de todo es que puedo contemplarla mientras duerme si es que decide pasar la oscuridad conmigo. Hoy tuve la suerte de que fuera una de esas lucidas noches y, con cerveza calenturienta y sin fuerza en mano, lo festejo. Tengo porqués. Tengo por quién. Alisa me enseñó una salida para no seguir tropezando por ese camino de hierbajos. Me dejó asentarme en su jardín de tierra bendita para fumar flores juntas. No permite que, de sed, me marchite, tampoco de hambre, aunque nunca llego a saciarme de su piel. ¿Cómo no caer en la ansiedad al ver su cuerpo al trasluz del alba? Sus pechos rezan «muérdeme». Lo que se esconde tras la sábana hace que pida a susurros permiso para consumirlo. Mi lengua desea avivar nuestro fuego. A dos pasos de cumplirlo estoy, tan cerca y, de pronto, lejos, todo se va al infierno.

– ¿Qué te tengo dicho de que me llames a estas horas, Germán? Me has jodido un sueño precioso.

– Perdona, pero deberías pasarte por el estudio.

– Debería, es decir, no es imperativo que sea ya, ni siquiera que sea –digo con la esperanza de no perderme mi banquete.

– Era cortesía. Ven. Es importante.

Gimoteo para que lo escuche antes de colgar.

¿Qué demonios pasará?

Despido a mi ángel con un delicado beso en los labios, que no la despierta, que solo hace que odie a mi agente. Camino por la casi vacía calle, creando un tema que alabe a la puta madre del muy malnacido. A punto estoy de dedicársela en cuanto lo veo, pero su gesto me dice que no está para guasas, supongo que debido al hombre elegantemente asqueroso que lo escolta.

– Sebastián Acosta –se presenta a la vez que me ofrece su mano. La tomo, aun teniendo la necesidad inminente de lavarme la mía.

Miro a Germán buscando una explicación.

– El señor Acosta es abogado.

Lo sospechaba por el olor a azufre que desprende.

– ¿Y viene a demandarme porque a alguna organización religiosa le parecen mis canciones demasiado obscenas?

– Vengo en nombre del señor Cladheart.

­– ¿Tendría que decirme algo ese nombre?

­– Tendría. Es quien interpone una demanda de plagio contra usted.

– ¿Que qué?

Acuso a Germán de estar gastándome una broma. Busco la cámara oculta y, aunque no la hallo, sigo sin creer que me esté pasando esto. Me pueden decir que mis composiciones no son las mejores, pero que no son originales, mías, salidas de mi interior, no.

Me ofrece pruebas, las rimas del último disco del tal Johan Cladheart, y que me aspen, el muy cabrón es el que me ha copiado a mí. Ha cogido mis sentimientos y los ha hecho suyos. Los ha transformado en una mariconada, decorándolos con palabras biensonantes. Nunca reconoceré que me gusta el resultado, el cabreo no me lo permite. Termino por empujar al representante legal de mi nuevo enemigo fuera entre improperios.

– Ya tendrá noticias de mi abogado –escupo antes de cerrar la puerta acristalada–. Porque tengo abogado, ¿no? –pregunto a Germán, que solo asiente todavía extrañado ante mi arrebato de furia.

– ¿Quieres una tila?

¿Qué tal un whiskazo?

– Quiero saber cómo ha hecho el Johannesburgo ese para poner una fecha anterior en el registro de la propiedad intelectual.

– Contrataré un detective.

Es una buena forma de empezar a tranquilizarme, aunque insuficiente. Necesito a Alisa. Regreso a casa y no está. ¿Masturbarme? A falta de sus manos, las mías y una de sus fotos. Cuarto de hora después me siento mejor, algo, todavía sigo con ansias de destrozar lo que se me ponga por delante. Apunto estoy de lanzar el portátil por la ventana cuando pienso que puede serme más útil. ¿Para qué se necesita un detective cuando existe Google? Johan Cladheart mamón. No, mejor sin mamón. Cuando carga su página, me dan ganas de cargármelo. El tío tiene más experiencia que yo, cuenta con varios discos, algunos con otros tantos artistas y, encima, el infame escribe relatos y poesía. No tengo envidia, no, qué va, no es por eso por lo que quiero asesinarlo. Casualmente esta noche da un concierto en una sala de Madrid. Sería una pasada presentarme con una pistola y en la última canción volarle la tapa de los sesos. La lástima es que la única arma que tengo es la katana que cuelga en la pared y no sé yo si el portero me dejaría pasarla.

¿Misión encubierta? Quizás es por lo bebido, pero me parece una idea cojonuda y menos sangrienta. Me paso lo que queda de día, además de ebria, comprando una peluca rubia, unas gafas de bibliotecaria y ropa rosa. Así, despojada de mi dignidad, es imposible que me reconozca nadie.

Llego tarde para no tener que hacer cola. Ya sería lo último, esperar cual grupi para verlo. No pienso pedirle un autógrafo, ni ponerme en la primera fila para escuchar cómo sueno yo con voz masculina. Mi sitio, si no es delante de un micrófono, siempre será en la barra.

– Una cerveza –grito al camarero.

El espectáculo comienza. No es que desde aquí vea cómo el divo sale al escenario. Me lo dice la piel que, como acto reflejo, se eriza ante los gritos de los que se anticipan a la subida de adrenalina.

Me percato y me corrijo. No disfrutes de su ritmo, me ordeno. Inevitable. Para tener el corazón blindado, revestido o el significado que le haya querido dar a «clad», ablanda el mío. No puedo seguir enrabietada si convierte mi arte en algo más sublime. El caso es que, teniendo este nivel, ¿por qué necesita apropiarse de material ajeno? Lo resolveré.

Me quedo hasta que termina el espectáculo. Cuando apenas quedamos cuatro personajes en el local, aparece el vociferador. Saluda a un par antes de acercarse al ya agotado camarero. Antes de que pida nada, me adelanto y lo invito.

– Gracias –dice únicamente.

Me deslizo dos metros por la barra hasta llegar a su lado.

– No pretendo seducirte, que conste. Solo quería felicitarte por…

– No se merece.

Hombre de pocas palabras.

Esto va a ser más difícil de lo que creía. Espero a que se termine la cerveza y pido otra ronda para ambos.

– Estarás pensando que soy una acosadora o algo por el estilo.

– Pienso que has mentido. ¿Por qué querrías emborracharme si no es para llevarme a tu casa? Que sepas que me vendo a precio de botellín.

– No te debe faltar trabajo de gigoló.

– De gloglogló más bien.

No sé qué tiene el tipo que me hace divagar a lo bestia. Es simpático. Nos parecemos. No se le va la olla tanto como a mí, pero casi. Y casi, por eso, se pasan los minutos entre lluvias de coñas sin que me centre.

– Oye, ya que de mayor quiero ser como tú…

– Si aspiras a ser como yo, te saldrá barba.

Me río.

– Bueno, en invierno no tendré frío en la cara. Y ahora, en serio, ¿te importaría leer lo último que he escrito y darme tu opinión?

Le paso una composición que tengo a medias, a modo de prueba, ya que nadie aún la ha visto.

– Está bien –empieza diciendo–. Un momento. ¿Qué demonios…?

Su gesto se transforma en una mueca de sorpresa.

– ¿Qué pasa?

No me responde. Me entrega una servilleta arrugada con cuatro frases que son clavadas a las mías.

– Es un poquito raro esto, ¿no? ¿Lees la mente? ¿Eres mago o algo?

En lo que he tardado en leer, él ha dejado de estar conmigo, aquí. Le da igual lo inconcebible del tema.

– Echo unos polvos que se pueden considerar mágicos. Mira, ella puede corroborártelo.

Me giro para ver a la afortunada que lo hipnotiza y… Será zorra.

– Te presento a Alisa.

Lo besa primero a él y, cuando viene a regar mis mejillas, se detiene al reconocerme a través del disfraz, del desconcierto y del despecho.

Se me nubla el juicio. Comienza la vista con mis insultos para ella y para el otro que no comprende qué sucede. Le hago un resumen de los hechos para que se una a las acusaciones. Dos bandos enfrentados, sin embargo, dispuestos a llegar al acuerdo de que ella es la única culpable.

Es el turno de la defensa. Alisa alega que ella no nos ha robado a ninguno, que no es una ladrona de arte, que ella lo inspira, que es una musa. Nos carcajeamos por lo rebuscado del recurso, pero ambos sabemos que en ello hay algo de cierto. Desde que apareció en nuestras vidas, el rap brota de nuestras venas a borbotones, sin rajarnos y sin dolor, y es bueno, es puro y al parecer casi igual en ambos, cosa de la que no se hace responsable.

Yo no puedo darle la resolución que pide a su favor. En lugar de juzgarla, notifica que tendríamos que darle las gracias porque, por ella, no seguimos siendo nadies. Le deberé mucho, no obstante, no lo suficiente como para perdonarla. No quiero volver a verla nunca, jamás, porque cada vez sé que me preguntaré a cuántos ha estado sacando brillo con su coño, haciéndolos relucir, convirtiéndolos en estrellas, al mismo tiempo que a mí, a nosotros. El otro damnificado piensa lo mismo que yo, a lo drástico, quizá por ser más valiente, más loco, por guardar más rencor o qué sé yo. Su decisión es que hasta aquí, que ya a ni uno más. Al marcharme, Alisa me sigue, y Johan, encarnando al verdugo de su sentencia final, a ella. Escucho el golpe de gracia como si fuera una nota musical y una afinada voz que canta:

– ¿Me ayudas?

Pierdo a mi amante, pero doy testimonio de que gano a un amigo. Deshacerse de un cadáver une. Quizá montemos un dúo. Esta experiencia puede dar para muchas letras.

La misma idea en dos cabezas

No sé dónde leí o escuché que “una vez es casualidad, dos veces es coincidencia y tres, un patrón”. Johan Cladheart y yo deberíamos estar investigando el porqué de nuestros esporádicos parecidos, sin embargo, nos proponemos escribir de ello, esta vez aposta. La única premisa, el título de esta entrada. Os dejo con su versión.


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La misma idea en dos cabezas

por Johan Cladheart

Era una mañana fría y el viento golpeaba con estridencia en el ventanal. El fuego se extinguía lentamente y yo revisaba la prensa del día en mi humilde apartamento de Dorset Street chupando la boquilla de ámbar de mi pipa. Gustaba de comprobar personalmente que el tozudo director Woodley no hubiera dado orden a Howard, el linotipista, de cambiar ni una sola de mis palabras. Verán, me dedicaba a escribir breves relatos en el Daily Telegraph, porque según Woodley «no tenía madera de periodista, pero tenía cerebro para inventar mamarrachadas». La breve columna que me ofreció al principio ya era media página y gozaba de cierta fama entre el público más afín al periódico. Pero aquella mañana todo empezó a torcerse.

Una vez hube comprobado que Woodley no había tenido tiempo de tocar mi texto —sólo lo hacía para marcar el territorio, el viejo cascarrabias—, me afané en la lectura del Times. Nunca me importaron mucho las noticias ni llegué a entender por qué corrían de boca en boca por la vecindad, como si unas míseras vidas fueran a cambiar por lo que les acontece a otras. Tal vez quisieran, simplemente, olvidarlas. O consolarse. Aunque tampoco tenía motivo para la queja: al fin y al cabo esa voracidad por el drama era lo que mantenía boyantes mis truculentos relatos. Leía, digo, con atención lo que mi colega Heather Carnaway escribía, unos fúnebres y macabros relatos que escandalizaban a la clientela, pero con los cuales se había hecho un nombre y rivalizaba de algún modo conmigo. En cierta forma nos necesitábamos, pues la muchedumbre comparaba los relatos y eso hacía que, aunque los lectores prefirieran a uno u otro, nos leyeran a ambos. Era un acuerdo tácito que bien conocían Woodley y Edwards, el director del Times. Yo no la trataba en persona, aunque he de reconocer que me intrigaba. Pero me estoy desviando del asunto.

Como he dicho, aquella mañana todo se torció. Cuando empecé a leer su relato mi pipa se precipitó de mis labios al suelo. No parecía posible pero allí estaba: la idea de su historia era exactamente igual a la que yo había publicado esa misma mañana. La escribí la tarde anterior en la gastada Blickensbereer del Daily. Me quedé hasta tarde y no había un alma que quedara por allí. Nunca había mencionado la idea a nadie y estoy seguro de que mi texto fue directo a Howard. Se lo entregué con el tiempo justo, así que era poco probable que el linotipista hubiera hecho una copia para entregársela a la señorita Carnaway. De cualquier modo, ahí estaba su relato, «El asesino de los nombres», que era casi idéntico en forma y fondo a mi texto «El misógino en serie». En ambos se contaba la historia de un asesino en serie que mataba una mujer por letra del abecedario. Muchos de los nombres coincidían, aunque esto entraba dentro de lo probable. En ambos relatos la primera víctima era una Alice, y ambos recurrimos a Queen como recurso para la letra cu. Si bien había diferencias y, como era habitual, una violencia más explicita en el suyo, era inconcebible que ambos hubiéramos tenido la misma idea el mismo día.

Obviamente, el revuelo y los comentarios se sucedieron. Las calles eran un hervidero. Incluso a través de mi ventanal llegaban discusiones acerca de quién había copiado a quién o qué relato era mejor. Otros hablaban de confabulación y estrategia para ganar adeptos. Absorto en lo que decían las gentes de aquello y calculando todas las posibles opciones, recibí un telegrama de Woodley pidiéndome que acudiera a la redacción de inmediato.

—¿Qué demonios se trae con esa Carnaway, Hardy? —me espetó sin esperar a que cerrara la puerta.

—Señor, le confieso que estoy tan sorprendido como usted.

—¿Me está diciendo que esto es una maldita casualidad? ¿Es eso?

—Señor, yo…

—Mire, Hardy. Reconozco que esto nos viene bien, y que han sido muy astutos al tramarlo, pero quiero enterarme de lo que pasa en mi periódico, ¿es mucho pedir?

—Yo…

—¡Claro que no es mucho pedir! No era una pregunta. Así que la próxima vez me consultará primero, ¿estamos? Y olvídese de publicar nada sin que pase por mi despacho.

No esperó mi respuesta. Me di cuenta de que yo creía en la casualidad tanto como él, pero no tenía una explicación mejor. Necesitaba saber cómo había ocurrido, así que me atavié con mi raído sombrero negro y me dirigí al Times. Mi nombre era modestamente conocido pero no así mi rostro, así que no tuve problemas para plantarme allí bajo el nombre de Robert Wells y preguntar por la señorita Carnaway. Me indicaron que no se encontraba allí, facilitándome una dirección para enviar un telegrama si así lo deseaba. Y así lo deseaba. Encontré una oficina de telégrafos próxima y le envié lo que sigue:

Estimada Heather Carnaway, me gustaría aclarar amistosamente tema asesino letras abecedario. Siempre suyo, John Hardy.

Me dirigí a mi apartamento apresurado, pues había olvidado mi pitillera y estaba consumido por la ansiedad que me producía aquel insondable misterio. Pueden jurar que tuve que fumar repetidamente. Al llegar encontré un telegrama de la señorita Carnaway que rezaba así:

Estimado John Hardy, exijo explicación al relato que firma usted en el Daily. Heather Carnaway.

No era una respuesta a mi telegrama. Había sido enviado aproximadamente a la misma hora en la que yo había enviado el mío. Repasé mis pasos de los últimos días y de esa mañana; parecía evidente que ella me estaba espiando y urdiendo un macabro juego para eliminarme de su competencia. Daba vueltas por la sala intentando pensar rápido, pisando con nervio el entarimado hasta que se apoderó de mí la paranoia. Cerré los postigos de las ventanas y me quedé a oscuras cavilando, fumando sin apenas saborear el tabaco y sobresaltado por cualquier ruido. Me dirigí al aparador, palpé mi revólver Eley No. 2 y lo guardé en la chaqueta. Bajé precipitadamente las escaleras y, una vez en la calle, conseguí un coche de alquiler. Le di al cochero la dirección de la señorita Carnaway.

No había luz en su domicilio. Calculé mis opciones mirando en derredor y decidí entrar en una taberna desde la que se podía ver su casa. Un buen brandy tal vez pudiera calmar mis nervios.

Al cabo de una hora, los nervios se convirtieron en seguridad y la seguridad en borrachera. Miraba por el ventanal buscando algún signo de vida en los aposentos de la señorita Carnaway, pero no quería vigilar desde la calle con aquel frío rodeado de ojos que podrían ser testigos en un juicio. Así que pedí el último brandy antes de olvidar el asunto y volver a mi casa riéndome de mi hipocondría, cuando un coche de caballos llegó a su puerta y el cochero ayudó a bajar a una dama, que anduvo torpemente hasta la puerta, trató de meter la llave un par de veces y por fin entró en el recibidor dejando tras de sí un sonoro portazo. La borrachera se convirtió en la seguridad de que aquella mujer era Carnaway y esa seguridad se convirtió, de nuevo, en nerviosismo.

Pagué al tabernero y salí de allí lo más discretamente que pude. Di una vuelta a la manzana para que los ojos ociosos de la clientela no me vieran dirigirme a su puerta directamente, confiando en que la oscuridad que ya empezaba a palparse no les permitiera reconocerme unos minutos más tarde.

Llamé a la puerta pero no hubo respuesta. Me envalentoné, no sé si por el brandy o por lo cerca que estaba de una posible solución, y la emprendí a gritos.

—¡Carnaway! Soy John Hardy. Parece que ha habido un malentendido, creo que deberíamos hablar.

El silenció sólo se interrumpía por el chirrido del viento y por mis golpes en la puerta. Finalmente me rendí y entendí que mi presencia allí podía resultar amenazante. Ya había dado la vuelta cuando oí que la puerta se abría a mis espaldas. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y me giré para ver el indiferente rostro de Heather ante mí, con la puerta entornada, analizando la situación. Hablé para rebajar la tensión.

—Mire, no tengo ni idea de cómo ha podido suceder, sólo quiero aclarar el asunto. Le juro que no copié su texto y no logro entender nada.

Aquello pareció calmarla y con cautela me invitó a pasar. Nos sentamos al lado del fuego en una sala desordenada, con cierto parecido a la mía, repleta de papeles, pesados volúmenes de texto y recortes de periódicos.

—Precisamente vengo de su domicilio —dijo por fin—. Me dieron sus datos en el Daily; no sé si recibió mi telegrama. Esperé a que volviera pero me harté y aquí estoy. Por cierto, tienen buen brandy en McGee’s.

Noté cierto temblor en su voz y una lengua torpe que disimulaba el alcohol, como la mía. Aquello terminó por poner mis nervios a prueba. Una coincidencia, por improbable que fuera, podía pasar. Dos, con el telegrama, ya era una osadía. Pero aquella reunión no podía ser amistosa y sin duda me estaba poniendo a prueba. Ella se excusó por un momento y dejé de razonar. Amartillé el revolver bajo la chaqueta, aprovechando el ruido de unas voces en el exterior —posiblemente de los borrachos con los que había compartido barra unos minutos antes—. Me puse en pie esperando su llegada, con las manos en los bolsillos, apuntando a la puerta del pasillo. El brillo del fuego iluminó el cañón de su Esey No. 2, la misma arma que yo tenía en mi mano. Aquella funesta y enésima avenencia se me hizo demasiado pesada. Sentí un profundo miedo a todas esas combinaciones y a no estar viviendo algo real, y en apenas unos segundos decidí disparar primero y preguntar después.

Apreté el gatillo tan pronto como pude mover el dedo, sintiendo el retroceso del revólver en mi mano y el inconfundible estruendo del arma resonando en la habitación. Un fogonazo. Un pitido agudo después. La vi inclinarse, precipitándose hacia adelante, pero parecía que era la habitación y no ella la que se movía. Cayendo en la alfombra vi su oscura melena en mi horizonte y sentí un pinchazo mordaz. Me di cuenta de que mi cabeza estaba apenas a unos centímetros de la suya y yo también yacía en su alfombra: ella disparó al mismo tiempo.

 

FIN


¿Cómo os habéis quedado? ¿Os gustó tanto como a mí? No esperéis que el viernes, que será cuando publique lo mío, esté a su altura, porque aquí el artista es él. Aquí donde lo véis, tiene varios discos a sus espaldas. Os animo a que echéis un ojo a su discografía. Yo me hice con el último:

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Envidiadme, que yo lo tengo dedicado.

Como habéis comprobado y comprobáis los que lo conocéis, además de hacer música de la buena, el tío escribe relatos y poesía. A ver si de una puta vez saca su poemario.

Podéis votarlo en los Premios 20Blogs para que, con un poco de suerte, se dé caña.

Make blogosfera great again

¿Ya le he hecho la pelota lo suficiente? Es mi forma de agradecerle esta colaboración.