La misma idea en dos cabezas 2

El pasado martes Johan Cladheart os dejó con la boca abierta con su relato. ¿Qué me decís, que no lo leísteis? Nomelopuedocreer. ¿No os gustan los textos bien escritos, es decir, sin faltas de ortografía y con estilo? ¿Sí? Pues ya estáis desfilando o pinchando aquí. No, recapacito, esperad, mejor leed el mío antes, por aquello de dejar lo bueno para el final. ¿Ya es tarde? Cagüen. En fin, qué se le va a hacer, poco más que dejaros con lo que se me ocurrió a mí al pensar en el tema aquel que era…

La misma idea en dos cabezas

por mí

(y por todos mis compañeros tenía que decirlo)

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Si tiene algo positivo dormir tres escasas horas al día, es que la tajada de ayer me dura y no hay resaca todavía. Minucias. Lo mejor de todo es que puedo contemplarla mientras duerme si es que decide pasar la oscuridad conmigo. Hoy tuve la suerte de que fuera una de esas lucidas noches y, con cerveza calenturienta y sin fuerza en mano, lo festejo. Tengo porqués. Tengo por quién. Alisa me enseñó una salida para no seguir tropezando por ese camino de hierbajos. Me dejó asentarme en su jardín de tierra bendita para fumar flores juntas. No permite que, de sed, me marchite, tampoco de hambre, aunque nunca llego a saciarme de su piel. ¿Cómo no caer en la ansiedad al ver su cuerpo al trasluz del alba? Sus pechos rezan «muérdeme». Lo que se esconde tras la sábana hace que pida a susurros permiso para consumirlo. Mi lengua desea avivar nuestro fuego. A dos pasos de cumplirlo estoy, tan cerca y, de pronto, lejos, todo se va al infierno.

– ¿Qué te tengo dicho de que me llames a estas horas, Germán? Me has jodido un sueño precioso.

– Perdona, pero deberías pasarte por el estudio.

– Debería, es decir, no es imperativo que sea ya, ni siquiera que sea –digo con la esperanza de no perderme mi banquete.

– Era cortesía. Ven. Es importante.

Gimoteo para que lo escuche antes de colgar.

¿Qué demonios pasará?

Despido a mi ángel con un delicado beso en los labios, que no la despierta, que solo hace que odie a mi agente. Camino por la casi vacía calle, creando un tema que alabe a la puta madre del muy malnacido. A punto estoy de dedicársela en cuanto lo veo, pero su gesto me dice que no está para guasas, supongo que debido al hombre elegantemente asqueroso que lo escolta.

– Sebastián Acosta –se presenta a la vez que me ofrece su mano. La tomo, aun teniendo la necesidad inminente de lavarme la mía.

Miro a Germán buscando una explicación.

– El señor Acosta es abogado.

Lo sospechaba por el olor a azufre que desprende.

– ¿Y viene a demandarme porque a alguna organización religiosa le parecen mis canciones demasiado obscenas?

– Vengo en nombre del señor Cladheart.

­– ¿Tendría que decirme algo ese nombre?

­– Tendría. Es quien interpone una demanda de plagio contra usted.

– ¿Que qué?

Acuso a Germán de estar gastándome una broma. Busco la cámara oculta y, aunque no la hallo, sigo sin creer que me esté pasando esto. Me pueden decir que mis composiciones no son las mejores, pero que no son originales, mías, salidas de mi interior, no.

Me ofrece pruebas, las rimas del último disco del tal Johan Cladheart, y que me aspen, el muy cabrón es el que me ha copiado a mí. Ha cogido mis sentimientos y los ha hecho suyos. Los ha transformado en una mariconada, decorándolos con palabras biensonantes. Nunca reconoceré que me gusta el resultado, el cabreo no me lo permite. Termino por empujar al representante legal de mi nuevo enemigo fuera entre improperios.

– Ya tendrá noticias de mi abogado –escupo antes de cerrar la puerta acristalada–. Porque tengo abogado, ¿no? –pregunto a Germán, que solo asiente todavía extrañado ante mi arrebato de furia.

– ¿Quieres una tila?

¿Qué tal un whiskazo?

– Quiero saber cómo ha hecho el Johannesburgo ese para poner una fecha anterior en el registro de la propiedad intelectual.

– Contrataré un detective.

Es una buena forma de empezar a tranquilizarme, aunque insuficiente. Necesito a Alisa. Regreso a casa y no está. ¿Masturbarme? A falta de sus manos, las mías y una de sus fotos. Cuarto de hora después me siento mejor, algo, todavía sigo con ansias de destrozar lo que se me ponga por delante. Apunto estoy de lanzar el portátil por la ventana cuando pienso que puede serme más útil. ¿Para qué se necesita un detective cuando existe Google? Johan Cladheart mamón. No, mejor sin mamón. Cuando carga su página, me dan ganas de cargármelo. El tío tiene más experiencia que yo, cuenta con varios discos, algunos con otros tantos artistas y, encima, el infame escribe relatos y poesía. No tengo envidia, no, qué va, no es por eso por lo que quiero asesinarlo. Casualmente esta noche da un concierto en una sala de Madrid. Sería una pasada presentarme con una pistola y en la última canción volarle la tapa de los sesos. La lástima es que la única arma que tengo es la katana que cuelga en la pared y no sé yo si el portero me dejaría pasarla.

¿Misión encubierta? Quizás es por lo bebido, pero me parece una idea cojonuda y menos sangrienta. Me paso lo que queda de día, además de ebria, comprando una peluca rubia, unas gafas de bibliotecaria y ropa rosa. Así, despojada de mi dignidad, es imposible que me reconozca nadie.

Llego tarde para no tener que hacer cola. Ya sería lo último, esperar cual grupi para verlo. No pienso pedirle un autógrafo, ni ponerme en la primera fila para escuchar cómo sueno yo con voz masculina. Mi sitio, si no es delante de un micrófono, siempre será en la barra.

– Una cerveza –grito al camarero.

El espectáculo comienza. No es que desde aquí vea cómo el divo sale al escenario. Me lo dice la piel que, como acto reflejo, se eriza ante los gritos de los que se anticipan a la subida de adrenalina.

Me percato y me corrijo. No disfrutes de su ritmo, me ordeno. Inevitable. Para tener el corazón blindado, revestido o el significado que le haya querido dar a «clad», ablanda el mío. No puedo seguir enrabietada si convierte mi arte en algo más sublime. El caso es que, teniendo este nivel, ¿por qué necesita apropiarse de material ajeno? Lo resolveré.

Me quedo hasta que termina el espectáculo. Cuando apenas quedamos cuatro personajes en el local, aparece el vociferador. Saluda a un par antes de acercarse al ya agotado camarero. Antes de que pida nada, me adelanto y lo invito.

– Gracias –dice únicamente.

Me deslizo dos metros por la barra hasta llegar a su lado.

– No pretendo seducirte, que conste. Solo quería felicitarte por…

– No se merece.

Hombre de pocas palabras.

Esto va a ser más difícil de lo que creía. Espero a que se termine la cerveza y pido otra ronda para ambos.

– Estarás pensando que soy una acosadora o algo por el estilo.

– Pienso que has mentido. ¿Por qué querrías emborracharme si no es para llevarme a tu casa? Que sepas que me vendo a precio de botellín.

– No te debe faltar trabajo de gigoló.

– De gloglogló más bien.

No sé qué tiene el tipo que me hace divagar a lo bestia. Es simpático. Nos parecemos. No se le va la olla tanto como a mí, pero casi. Y casi, por eso, se pasan los minutos entre lluvias de coñas sin que me centre.

– Oye, ya que de mayor quiero ser como tú…

– Si aspiras a ser como yo, te saldrá barba.

Me río.

– Bueno, en invierno no tendré frío en la cara. Y ahora, en serio, ¿te importaría leer lo último que he escrito y darme tu opinión?

Le paso una composición que tengo a medias, a modo de prueba, ya que nadie aún la ha visto.

– Está bien –empieza diciendo–. Un momento. ¿Qué demonios…?

Su gesto se transforma en una mueca de sorpresa.

– ¿Qué pasa?

No me responde. Me entrega una servilleta arrugada con cuatro frases que son clavadas a las mías.

– Es un poquito raro esto, ¿no? ¿Lees la mente? ¿Eres mago o algo?

En lo que he tardado en leer, él ha dejado de estar conmigo, aquí. Le da igual lo inconcebible del tema.

– Echo unos polvos que se pueden considerar mágicos. Mira, ella puede corroborártelo.

Me giro para ver a la afortunada que lo hipnotiza y… Será zorra.

– Te presento a Alisa.

Lo besa primero a él y, cuando viene a regar mis mejillas, se detiene al reconocerme a través del disfraz, del desconcierto y del despecho.

Se me nubla el juicio. Comienza la vista con mis insultos para ella y para el otro que no comprende qué sucede. Le hago un resumen de los hechos para que se una a las acusaciones. Dos bandos enfrentados, sin embargo, dispuestos a llegar al acuerdo de que ella es la única culpable.

Es el turno de la defensa. Alisa alega que ella no nos ha robado a ninguno, que no es una ladrona de arte, que ella lo inspira, que es una musa. Nos carcajeamos por lo rebuscado del recurso, pero ambos sabemos que en ello hay algo de cierto. Desde que apareció en nuestras vidas, el rap brota de nuestras venas a borbotones, sin rajarnos y sin dolor, y es bueno, es puro y al parecer casi igual en ambos, cosa de la que no se hace responsable.

Yo no puedo darle la resolución que pide a su favor. En lugar de juzgarla, notifica que tendríamos que darle las gracias porque, por ella, no seguimos siendo nadies. Le deberé mucho, no obstante, no lo suficiente como para perdonarla. No quiero volver a verla nunca, jamás, porque cada vez sé que me preguntaré a cuántos ha estado sacando brillo con su coño, haciéndolos relucir, convirtiéndolos en estrellas, al mismo tiempo que a mí, a nosotros. El otro damnificado piensa lo mismo que yo, a lo drástico, quizá por ser más valiente, más loco, por guardar más rencor o qué sé yo. Su decisión es que hasta aquí, que ya a ni uno más. Al marcharme, Alisa me sigue, y Johan, encarnando al verdugo de su sentencia final, a ella. Escucho el golpe de gracia como si fuera una nota musical y una afinada voz que canta:

– ¿Me ayudas?

Pierdo a mi amante, pero doy testimonio de que gano a un amigo. Deshacerse de un cadáver une. Quizá montemos un dúo. Esta experiencia puede dar para muchas letras.

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67 pensamientos en “La misma idea en dos cabezas 2

  1. – Dejé de escribir porque me pasaba el día pelándomela
    -Si tío, a mi me sucede igual, pero no puedo dejarlo…
    El tema era chulo, pero el ruido era infernal, la banda sonaba pasada de decibelios y mi garganta estaba seca, fue entonces cuando con un grito le ordené al camarero dos birras, casi al instante aparecieron en la barra casi tan frías, como un granizado, fue entonces cuando imaginé tu culo sentado en mi jardín.
    Agarré las cervezas y le di una a ella.
    – Chin chin por la humedad de tus letras
    Ella batiendo sus párpados alzó la botella y con una sonrisa azorada dijo chin chin.
    Jejeje me moló tu relato, nena😁

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  2. A este paso no te van a dejar entrar en la bibliotecas de los colegios, bueno a ti no a tus publicaciones. 😉 No es la primera vez que los pensamientos se cruzan y se mezclan ideas (Sin necesidad de robos) Esta bien junto al de Johan, aunque cada uno es su estilo. 🙂

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    • Gracias por preocuparte, pero es demasiado tarde Me lo prohibieron el día que monté un botellón con ciertos libros. No veas la marcha que tienen algunos escritores.
      Pues sí, sí. Estoy de acuerdo en lo de que las coincidencias no son por robos. Lo he comprobado. Supongo que nos acabamos juntando los que nos parecemos, aun siendo totalmente diferentes.

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  3. ….Mi chica señalando mi mejilla
    – Y ésto
    Yo con naturalidad le contesté
    – jajaja debe ser el carmín de mi amiga Lola.
    Ella frunciendo sus bonitos labios dijo.
    -Y qué hacía aquí
    Yo con una sonrisa elevándose de mis abdominales le dije.
    – Al principio tocaban unos amigos.

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  4. Me la presentó el bajista de la banda, es un tipo decente, lo conocí en el instituto. Fué al entrar en la sala, me lo encontré​ hablando animada mente con ellos, ella parecía lesbiana el tipo que le acompañaba era más mayor e iba muy elegantemente vestido.
    A Juanjo llevaba siglos sin verlo…

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