A caballo regalado no le mires el diente

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El camarero hace su cuarta ronda alrededor de mi mesa, y seguramente sean imaginaciones mías, pero a cada vez en su mirada se refleja más pena.
Me estoy cansando de esperar. Quizás debería marcharme. O qué narices, ya que estoy aquí, me debo una buena cena. Cualquier cosa mejor que las sobras que me aguardan en el frigorífico desde hace dos días.
– Philipe, traiga una botella de vino –digo al camarero en la quinta pasada, que no se llama Philipe, pero que tiene cara de ello, además de cara de pena–. ¿Qué me recomienda de la carta?
Marchando algo impronunciable.
Jugueteo con el tenedor, mientras me rugen las tripas y me insulto por haber sido tan estúpida. ¿Cómo pude creer que semejante hombre existía? Seguramente sea aquel con sobrepeso que me mira desde la mesa de enfrente con cara de psicópata. Creo que me prefiere a su plato de almejas. Me cambio de silla para que mis pelos dejen de estar de punta. No sé si ha sido una buena idea, porque ahora lo siento en el cogote. Brinco cuando alguien toca mi hombro. A punto estoy de clavarle el tenedor.
– ¿Ángela?
– ¿Claudio?
El hambre me impide decir nada más, o quizás sea su sonrisa, tan perfecta como en la foto que me envió, o la sorpresa de que en verdad sí exista.
– Siento llegar tarde. Temía que ya no estuvieras.
Tras los dos besos me explica los motivos de su tardanza, que me suenan a típica excusa. Su móvil casualmente se quedó sin batería y no pudo avisarme de que se encontraba en un atasco provocado por un accidente. Ya, ya…
– No me perdonaré el haber hecho esperar a una dama.
Yo sí se lo perdono. Le perdonaría todo, siendo tan encantador como es, más que por los correos que intercambiamos, y eso creía que sería difícil.
Cuando el camarero trae mi plato, me quedo con ganas de decirle: «ja, no me han dejado plantada», pero me lo aguanto y dejo que tome nota a mi acompañante.
– Si no te importa…
– No, por favor, come.
No hace falta que insista.
Yo como y él me encandila con sus palabras. Me habla de su vida sin aburrirme, me hace reír, suspirar y preguntarme cómo puede seguir soltero.
El instante mágico se ve truncado por la lechuga. No debió pedir ensalada con el filete, pues un trocito se acomoda en uno de sus incisivos. Intento que me pase desapercibido. Solo tengo que subir la vista unos centímetros a sus verdes ojos, verdes como la lechuga. No lo consigo y me llego a poner de los nervios.
– Perdona que te interrumpa, pero tienes algo.
Se lleva la servilleta a la boca y guardo la esperanza de que cuando la retire ya no esté, pero ahí sigue.
– ¿Ya? –Niego con la cabeza–. ¿Y ahora?
– Un poquito más a la derecha.
Al menos puedo dejar de temer que me lo lance cual perdigón contra mi cara. El aceite de aquí debe de ser tipo super-glue.
– Dime que ya me lo he quitado.
– Sí.
Se lo digo porque me lo ha pedido y porque no quiero que se sienta más avergonzado, pero la verdura está dispuesta a chafarme la cita.
Intento manejar la conversación para que mantenga la boca cerrada, pero no deja de sonreírme. Quiero que esto ya termine. No dejo que pida postre, ni copa, ni nada. Finjo que me llaman por teléfono para excusarme.
– Lo siento, pero mi compañera de piso no se encuentra bien y tengo que irme.
– Te acompaño.
Pienso en decirle que no es necesario, pero el psicópata sigue en su mesa y me da miedo que se haya quedado con ganas de más almejas.
A la puerta de mi casa, en un despiste por mi parte, Claudio me besa. Cuando se retira, la lechuga no está. Me entran arcadas y vomito a sus pies. Bien, así no le quedarán ganas de volver a verme.



Dedicado a Chus por haberme otorgado uno de sus grandiosos galardones anuales.

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Mi agradecimiento por servir de inspiración, o por “obligarme” a hacer este texto, ya que no suelo presumir de premios, más que en la página que dedico a ellos.

Gracias, socio. Espero que este soborno valga para que te acuerdes de mí el año que viene.

 

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237 comentarios en “A caballo regalado no le mires el diente

  1. Con lo sencillo que hubiese sido tomar su cara con una mano mientras con la otra le quitabas la lechuga, a continuación te hubiese sonreído, sin lechuga, y tras un destello de sus verdes ojos te lo hubiese agradecido con un tierno beso con sabor a vinagre de Módena.

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  2. Recuerdame que si alguna vez quedamos me lleve pasta de dientes y cepillo, no es por que te vaya a besar ni mucho menos. Es para ti para que se te quite ese sabor a vomito de la boca, es muy desagradable su olor cuando hablas con alguien que acaba de vomitar. 😉

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  3. Por lo menos lo de la lechuga le pasó a él y no a ella. Es horrible darte cuenta de que llevas un botón desabrochado o un roto en la ropa o cualquier cosa vergonzosa al llegar a casa y después pensar, ¿he salido así de casa?, ¿llevo todo el día paseándome así?.
    El destino concluyó que el chico lechuguero no era para ella.

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