Ni pies, ni cabeza

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Encima de la mesa coja, abrazado por una telaraña, baila el jarrón lleno de lágrimas y flores secas. Por una de sus grietas, el último gusano se asoma, como reloj de cuco que marca a deshora la desidia que se masca en la alcoba muerta. Esnifa su polvo y se coloca con el desorden que albergan los cajones. Incomoda a la cómoda que no quiere unirse a la fiesta. Demasiado tiempo lleva en este velatorio, aguantando el peso de las figuritas sin color y las ya invisibles fotos. Poco se ve, a pesar de los hilos de luz, valerosos, que se cuelan entre las rendijas de la persiana también cansada, harta de la cantinela que sale de la boca del viento. Sus bocanadas alivian el mal aliento, pero no lo llevan de mensaje. Nadie rescata, pero la inclinación del techo, de menos a más, nos da alguna que otra pequeña y leve esperanza. Esperamos que con la próxima tormenta lo hunda y nos caiga encima, nos aplaste y nos libere. El agua limpiará toda la suciedad que trajo la loca soledad a mi conciencia. Hasta entonces, seguiré inconsciente de la duración del amarre entre estas cuatro paredes, caminando en círculos sin dejar huellas en el piso, aporreando en silencio, soñando sin dormir con que alguien me encuentre, dé reposo a mis huesos, que ya han reposado bastante en esa cama, y a mí me permitan vagar, mientras contemplo de nuevo a la gente y al cielo, o mejor, tal vez hallar otras almas que tengan, como yo, tantas ganas de divagar.

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59 comentarios en “Ni pies, ni cabeza

  1. Mala mente hermana la que con su muerte alimenta la mente de quien no sabe respirar.
    Pienso, luego existo algo más tarde cuando el sol se oculte y no ciegue a mis ojos con esta soledad de luz incesante que no alumbra, ni ilumina mi pensar, Mala mente Henar nos ha tocado respirar.

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  2. ¿Por qué no acuden a mí como antaño? El olor ya pasó, los gusanos casi han desaparecido y mi genio hace tiempo que se apagó. ¿Mi genio? Claro ya me acuerdo. Ortega, el «guardés», con el cuchillo de montería, en el estómago. Mi mujer y mi bebé Benito, con la paralela. Al ruido acudieron la Urbana, criada para todo y mujer de Ortega, y mi hijo mayor. Me dio tiempo de a recargar antes que apareciesen.
    La Laurita, que ya era una mocita de buen ver, tuvo que esperar a que me encarase la corta, la de las liebres.
    Fui al dormitorio. Recargué la corta. Me descalcé y me metí el la cama. Y apreté el gatillo.
    No sé cómo, sonaron dos disparos. Con uno hubiese bastado.
    No creo que nadie nos haya echado de menos en estos dos lustros. Al menos podían venir a buscarnos. O atormentarme por mi felonía. Pero, no, esperaré y esperaré:
    «Hasta entonces, seguiré inconsciente de la duración del amarre entre estas cuatro paredes, caminando en círculos sin dejar huellas en el piso, aporreando en silencio, soñando sin dormir con que alguien me encuentre»

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