Luz blanca

door-473200_1280Abro los ojos y no tengo ni puñetera idea de dónde me encuentro. Vale, sí, estoy en una cama que no es la mía. ¿Será que anoche pillé? No, tengo la ropa puesta. Seguro que me quedé dormida en los preliminares.
Mi vista se va acostumbrando a la luz, que está excesivamente alta y la blancura de la habitación no ayuda nada. ¿He muerto? No, no lo creo. En vez de estar en este cuarto tan bien amueblado y reluciente, estaría en el cuarto rojo del dolor y no pasándolo bien precisamente.
Me levanto de la cama y voy hacia la única puerta que hay. Agarro el picaporte y empiezo a girarle. Me detengo con el corazón totalmente acelerado ¿Qué habrá al otro lado? ¿Un tío bueno, un tío feo, uno de mis amigos, la mamá del tipo, Charlie Sheen…?
Antes de que me atreva a terminar de abrir la puerta, una voz resuena desde algún sitio que no identifico.
– ¿Ve la pastilla que hay encima de la mesilla? Quiero que se la tome.
Miro hacia donde dice y allí tengo una píldora azul junto a un vaso de agua.
– ¿Y dónde está la pastilla roja?
No tiene mucha intención de contestarme o no lo ha pillado.
No me la voy a tomar. No quiero acabar en Matrix o en medio de una arena donde solo vive el último que queda, o… a saber. Tendré que cotillear el lugar. Quiero ver si hay cosas blancas dentro de cosas blancas. En una cómoda hay montones de sábanas de recambio blancas. Ojalá hubiera una ventana para perpetrar una fuga espectacular. En el armario blanco, solo hay perchas. Casi lo prefiero o sería muy siniestro descubrir un traje de novia dentro.
Me rindo, no me queda otra que tragar. Aunque en verdad me aburro. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Me trago la pastilla con ayuda del agua.
No siento las piernas ni…
Un tipo con un traje blanco aparece de ¿debajo de la cama? y me inspecciona la retinas. Ay, mierda, me va a diseccionar y yo voy a ser consciente de todo. Me levanta del suelo y me lleva hasta el sofá blanco de la habitación. Se sienta enfrente y me mira, solo me mira y después al reloj de su muñeca.
– Estás muerta –dice como si tal cosa.
Quiero gritarle que si es un perturbado, que si me va a asesinar que espere a que se me pasen los efectos de lo que me haya dado… pero de mi boca no sale más que un gorjeo.
Continúa intercambiando miradas durante lo que a mí se me hace eterno.
– ¿Cómo te sientes al respecto? –pregunta al fin.
– ¿Cómo me siento? ¿Le parece gracioso? ¿Qué va hacerme?
Anda. Ya puedo hablar.
– No hay nada que pueda hacer para dañarte. Estás muerta.
– Me ha drogado –le comento por si no es capaz de ver mi cuerpo inerte.
– Tienes razón. Te he dado un calmante. No soléis tomaros bien la noticia.
La seriedad de su cara me hace reflexionar en si puede estar en lo cierto, justo para darme cuenta de que no me late el corazón a pesar de los nervios que contengo.
– Supongamos que le creo. ¿Cómo he muerto?
– Un accidente.
Un flashazo me golpea. Volvía a casa en coche y… Al menos no fue doloroso.
– ¿Estoy en el purgatorio?
El psicoterapeuta de los muertos niega con la cabeza.
– Aquí solo se os ayuda a comprender lo que os ha ocurrido.
– ¿Y luego? ¿Qué hay tras esa puerta?
– Nada.
¿Cómo que nada?
– ¿No hay infierno, nirvana, reencarnación o algo? ¿Qué me pasará?
– Desaparecerás.
Oh, no. Ni de coña. Puedo sobrellevar lo de haber palmado siendo tan joven, pero desintegrarme o lo que me vaya a pasar, no.
Mi cuerpo termina de despertar, puede que movido por la ira hacia este desalmado. Lo golpeo con todas mis fuerzas. Empezamos una pelea, que no resulta dolorosa, por cierto. Casi estoy por desistir, ya que no parece que vaya a lograr gran cosa, cuando se me ocurre. Abro la puerta de la que solo sale oscuridad y lo empujo mientras una expresión de terror se refleja en su rostro.
– No te preocupes. No puede pasarte nada. Estás muerto –me despido.
Cierro la puerta con una sonrisa maléfica.
¿Y ahora qué? Me preparo por si aparecen más personas de esas que visten de blanco. Atasco la puerta con un armario e improviso “armas” con las perchas y un par de patas de una silla. Defenderé mi no-vida con uñas y dientes.
El tiempo pasa, si es que aquí pasa el tiempo, y nadie tiene intención de desahuciarme de mi nueva casa. Me aburro bastante. Ojalá hubiera una tele.
De pronto en la cama aparece un hombre. No está vestido de blanco por lo que me relajo. ¿Otro muerto? Lo inspecciono sin hacer ruido y efectivamente no tiene pulso. ¿Será una trampa? No lo es. Al despertar está tan confundido como yo o más. Le explico lo que hay:
– ¡Bienvenido al cielo!


Sé que habrá alguien al que le sonará este relato, al menos el principio. No se asusten. No es un déjà vu. Sí, era parte del manuscrito, pero repasándolo por cuarta vez me di cuenta del fallo argumental que era y lo quité. Ahora se ha convertido en esto. ¡Tachan!


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85 comentarios en “Luz blanca

  1. Buenísimo (: me he sentido claustrofóbica en ese cuartito blanco. Yo habría preferido desintegrarme.
    Y qué pasó después? Congregaste a todos los muertos en el cielo del cuarto blanco y te hiciste pasar por una especie de dios?

    Le gusta a 2 personas

  2. Up, , esa historia, me trae recuerdos.
    De todas formas, Confirmas lo de la luz Blanca, del final del camino.
    Pues em realidad, nadie ha vuelto para confirmar o desmemtir, esta creencia.

    Pues a mí me gustaría morir mejor, con esa luz blanca y psicólogo incluido, que sola y en la mas plena oscuridad
    Aunque me temo, que debes moderar tus salidas del vienes noche y lo que tomas . Tus resacas, son estremecedoras.
    Jas js

    ..

    Le gusta a 1 persona

  3. Pingback: Quinto mes | Pensando en la oscuridad

  4. Por fa , por fa…..tu que tienes Buenos contactos.
    Quiero un pildora, pero no una roja. De otro color, y que simplemente quite el dolor.
    Podría hasta vender mi alma por ella ( es mentira, pero no se lo digas a nadie)

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